La Casa del Señor

Cuando la Gloria llenó el Templo
La dedicación del templo de Salomón nos ofrece una ilustración de lo que Dios está buscando en la iglesia. El templo fue construido y fue consagrado al Señor con una fastuosa celebración. Salomón ofreció sacrificio de 22,000 bueyes y 120,000 corderos. Inmediatamente después que el rey oró, por primera vez en más de 400 años, la gloria de Dios se manifestó a plena vista del pueblo. Leemos: “descendió fuego desde el cielo y consumió el holocausto y los sacrificios, y la gloria del Señor llenó la casa.” (2 Crónicas 7:1).

Si, el Señor honró la dedicación física del templo con una manifestación visible de Su gloria, ¿cuánto más busca El revelar Su gloriosa Presencia en Su templo viviente, la iglesia?

Pero, hubo prerrequisitos que ocurrieron antes de esta aparición del Señor. Primero, no fue sino hasta que el templo de Salomón estuvo realmente construido, junto con todos sus separados aspectos conectados y cubiertos de oro, que la gloria del Señor apareció.

Asimismo, nosotros debemos ser edificados y “perfeccionados en unidad” si queremos ver la plenitud del Señor entre nosotros y que el mundo crea en Cristo (ver Juan 17:23). No hay otro aspecto de la vida más glorioso o maravilloso que este.

El siguiente requerimiento se refiere a nuestra adoración. El Señor no se revelo sino hasta que los cantores, músicos y sacerdotes levantaron sus voces en alabanza y adoración a Dios. Nunca será demasiado el insistir en que es necesario que seamos adoradores de Dios. Aún ahora, en muchos servicios en los que se congregan varias iglesias simultáneamente, una tenue luminosa gloria está apareciendo, como una nube viva, atraída por la pureza de la alabanza que asciende.

Sin embargo, hubo otra dimensión de preparación que también precedió a la revelación de la gloria y se relaciona con aquellos en liderazgo.

“Y cuando los sacerdotes salieron del santuario (porque todos los sacerdotes que se hallaron habían sido santificados, y no guardaban sus turnos;. . . entonces la casa se llenó de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” (2 Cron. 5:11-14).

Los turnos de los sacerdotes habían sido ordenados por Dios de acuerdo a familias y propósitos únicos. Estas no eran divisiones carnales, nacidas de celos o contiendas, sino divisiones de acuerdo a propósito, funciones y tiempo adecuado. Pero, cuando los sacerdotes entraban al lugar santo, ellos “habían sido santificados, y no guardaban sus turnos” (v.11). En otras palabras, cuando fue hora de edificar el templo y entrar en el Lugar Santo, los sacerdotes tuvieron que restar prioridad al servicio individual, que de alguna manera los dividía, y poner por encima la prioridad de buscar la Gloria de Dios, la cual los unía. Fue aquí, cuando estuvieron “ sin… divisiones” que la gloria de Dios se manifestó.

De igual forma hoy, Dios ha designado iglesias en cada ciudad con diferentes funciones, gracias y talentos, todo lo cual es necesario para suplir las necesidades de la diversidad de cultura que los rodea. No obstante, estas diferencias, no suponen dividirnos, sino completarnos. Pero si deseamos ver la gloria de Dios regresar a la iglesia, las divisiones de propósito deben ser subordinadas a la unidad de Espíritu.

Hoy en día, en reuniones, conferencias y grupos de oración, en visitas mano a mano compartiendo un café, en altares de iglesias y en obras de la iglesia de la ciudad, un creciente número de Cristianos están volviendo a Cristo “haciendo caso omiso a las divisiones”. De hecho, desde hace años atrás , miles de pastores hambrientos por mas de Dios, se están rindiendo a Dios en frescos actos de consagración; están buscando la gloria de Dios. ¿El resultado? La iglesia está siendo “bien coordinada,… creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien [nosotros] también [somos] juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”. (Ef. 2:21-22)

Fíjese en estas palabras: “bien coordinado…juntamente edificados”. La verdadera casa del Señor es revelada únicamente cuando la iglesia juntamente edificada deja de lado el temor y las divisiones. Solamente entonces podemos verdaderamente venir a ser el templo del Señor, “morada de Dios en el Espíritu”.

La Fuente de la Gloria
“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:22-23)

Jesús no viene a nosotros para darnos una nueva forma de gobierno para la iglesia o nuevas doctrinas y programas. ¡El viene para ser glorificado en Sus santos y ser admirado en todos aquellos que han creído! ( ver 2 Tesalonicenses 1:10) ¡ Es para esto que El nos ha llamado, para que alcancemos Su gloria ¡ (ver 2 Tesalonicenses 2:14)

Veamos, cada uno de nosotros, que Dios está edificando algo en este tiempo que sobrepasará en gran manera nuestra actual definición de la iglesia. Dios nos está edificando conjuntamente en “un templo santo en el Señor” ¡un lugar donde Su gloria será revelada!

Considere las palabras de la siguiente oración. Es nuestra respuesta al llamado de Dios a edificar Su casa. Dios nos está llamando, no a perder nuestras distinciones individuales o llamados, sino a edificar algo que nos ensamble juntos, permitiéndonos edificar haciendo caso omiso a las divisiones.

Si usted ve la visión de la casa del Señor, por favor ore con nosotros…

Oremos: Señor Jesús, te doy gracias por darme una nueva oportunidad para servirte. Me arrepiento de las áreas en mi corazón donde he permitido que división e interés propio guíen mis acciones. Jesús, quiero ver Tu gloria, aún morar, como lo hizo Moisés, en Tu sagrada Presencia. Maestro, consagro mi corazón, haciendo caso omiso a divisiones, a Tu sagrado servicio. En tu presencia, santifico mi vida y mi iglesia para edificar la casa del Señor en mi ciudad. Amén




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El mensaje que antecede está tomado de un capitulo en el libro de Francis, La Casa del Señor


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