Cuando lo Inmundo se vuelve Puro


Hay misterios insondables sobre la llegada del Mesías a nuestro mundo, realidades que están más allá de nuestra capacidad de comprender: Su concepción divina, la manifestación de los ángeles, la estrella milagrosa que guió a los sabios, etc. Más todavía, hay una realidad que me golpea más profundamente: de entre todos los lugares donde el Hijo de Dios podría haber nacido, Su nacimiento tuvo lugar en la inmundicia de un establo.

 Con millares de ángeles a las ordenes del Todopoderoso, podríamos asumir que el creador del mundo hubiese orquestado un mejor lugar, quizá la casa de un hombre rico o mejor aún, la casa de un rey. Y aun, el escenario del nacimiento de Cristo fue profético respecto a su vida y propósito. Ciertamente, cuando contemplo el mensaje enviado a través del lugar de nacimiento de Cristo, me doy cuenta que Aquel que nació en la inmundicia de un establo no se ofende o siente repugnancia de la inmundicia en mi o en usted.

La Unión de lo Puro con lo Inmundo
Como telón de fondo sobre el tema del lugar de nacimiento de Cristo, tenga en cuenta: el Antiguo Testamento contiene más de 250 referencias a cosas puras e inmundas. En todos los casos el principio es el mismo: cuando algo (o alguien) puro es tocado por algo inmundo, aquello que es puro es contaminado por lo inmundo. El hecho es que, la limpieza estaba directamente relacionada con la santidad de Dios de acuerdo a los versículos en el libro de Levítico.


 Ciertas condiciones de salud podrían hacer que una persona se volviese inmunda, tales como enfermedades de la piel o el flujo de sangre. Cuando alguien era inmundo se les pedía permanecer lejos de sus comunidades hasta que su condición cambiase y la restauración de su salud fuese verificada por un sacerdote.  Los leprosos y con otras enfermedades contagiosas de la piel no eran solo categóricamente impuros sino que en público se les requería que sonaran un timbre mientras a gran vos proclamaban, “¡Inmundo! ¡Inmundo!”  para advertir a otros. (Lev. 13:45).

Sin embargo, cuando Cristo vino a los leprosos, no se retiro; antes bien, ¡los tocó y los sanó! ¡Lo inmundo se volvió puro! ¡Amado, con el Mesías, todo el principio de lo inmundo y lo puro se invierte!, Jesus, quien es puro, no se vuelve inmundo al tocarnos; ¡nosotros nos tornamos puros al tocarle a El! Tal como el Señor le dijo a Pedro,  " Lo que Dios ha limpiado, no lo llames tú impuro" (Hechos 10:15).

Muchas personas no reciben a Cristo simplemente porque están demasiado conscientes de su inmundicia interior. Más aun una vez que aceptamos a Cristo, la morada de Cristo no solamente nos limpia, sino que Su Presencia nos santifica.  ¿Lo ve? Nosotros somos Santos porque Él es santo. Somos limpios porque Su sangre y Su palabra nos limpian. No podemos nunca ser limpios hasta que Cristo more en nuestros espíritus. El dice, “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo (Juan 13:8).

En esta estación, independientemente de la suciedad interior que sienta, abra su Corazón a Cristo. Deje entrar al Redentor. Aquel que llego a nuestro mundo en un establo no se ofenderá por su necesidad. Deje que Su pureza lo limpie y sane aquello inmundo en usted.



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Traducción y Edición Gabriela Rabellino






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