Una Puerta de Esperanza

 
Tenemos la tendencia a presumir del poder de la fe mientras reducimos al mínimo el valor de la esperanza. Sin embargo, "la fe es la sustancia de las cosas que se esperan" (traducción de la versión ingles KJV Heb. 11:1). Sin tener una esperanza viva en Dios, nuestra fe no tiene sentido. En efecto, la primera etapa de la transformación es el despertar de la esperanza.

Sin embargo, incluso después de que nos acercamos a Cristo, aun fracasamos. A menudo, un espiral que nos lleva hacia abajo se produce cuando el pecado abre la puerta a la condena, y la condena sofoca la voz de la esperanza. Consideremos la historia de la conquista israelí de Canaán.

 

 El Señor estaba a punto de prosperar a Israel con la riqueza de los cananeos si el botín de la primera batalla en Jericó era dedicado totalmente a Dios. Pero un hombre, Acán, desafió el edicto del Señor y tomó plata, oro y un manto babilónico y los escondió en su tienda. Como resultado de su pecado, treinta y seis israelitas murieron derrotados y humillados en la siguiente batalla por la pequeña ciudad de Hai.

 

Después de que el Señor expuso a Acán como el perpetrador de este pecado, Josué lo tomó a él junto con su familia y sus posesiones y los llevó a un valle. Entonces, el líder de Israel dijo: « ¿Por qué has traído esta desgracia sobre nosotros? ¡Que el Señor haga caer sobre ti esa misma desgracia! Entonces todos los israelitas apedrearon a Acán y a los suyos, y los quemaron. Por eso aquel lugar se llama valle de Acor» (Josué 7:25-26).

 

La palabra Acor significa «problema». Representó los problemas y el dolor que una persona causa a otras. No hay duda que la experiencia más terrible para Acán fue el hecho de que su esposa y sus hijos tuvieran que morir con él. Mientras se abrazaban entre sí para esperar este juicio horrible, el sentimiento de culpa y el remordimiento debieron ser insufribles para  Acán.

 

El Fracaso Personal
Con el tiempo, el valle de Acor llegó a simbolizar el peor de los castigos. Era un lugar de muerte y desolación. Por supuesto, hoy no apedreamos a aquellos cuyo pecado o irresponsabilidad causaron dolor a otros. Sin embargo, el pecado tiene consecuencias y, aunque no seamos apedreados físicamente por nuestros fracasos, los efectos de la condenación pública pueden ser igualmente devastadores para el espíritu humano. El hecho es que muchos de nosotros conocimos un valle de Acor personal en el cual nuestra negligencia moral o nuestras malas acciones causaron el sufrimiento de otras personas.

 

Tal vez usted cometió adulterio y su esposa e hijos están abatidos. Puede ser que su ansiedad o descuido al conducir su auto causaron un accidente, lo que produjo como resultado un gran sufrimiento, incluso la muerte de otra persona. O quizá su falta de ejemplo cristiano hizo que sus hijos se alejaran de Dios. Las posibilidades de fracaso son interminables, pero el resultado es casi siempre el mismo: es como si soportara una maldición en su vida.

 

No solamente su propio corazón lo condena sino que las palabras y actitudes de los demás lo convencieron de que merece su desgracia actual. La censura pública tiene el mismo efecto sobre su espíritu que la lapidación tuvo en el cuerpo de Acán, con la diferencia de que quien murió en este caso es su esperanza. Antes usted podía mirar el futuro con expectativa y esperanza, ahora el dolor y el remordimiento en su corazón oscurecen su visión.

 

Solamente la virtud, la pureza y la fortaleza que vienen después de un verdadero arrepentimiento pueden remover la carga de la auto condenación. De ahí que la única respuesta correcta a las acciones equivocadas y sus consecuencias es la obra transformadora del Espíritu Santo.

 

Desdichadamente, el enemigo tiene a muchos cristianos atrapados

en la incredulidad y la auto condenación. Saben que lo que hicieron fue malo y lo lamentan, pero no pueden liberarse del sentimiento de culpa.

En capítulos anteriores, leímos en las Escrituras que nuestro Redentor vino para proclamar libertad a los prisioneros. ¿Se refiere solamente a quienes están encarcelados en prisiones físicas? No, su liberación es para todos los que son prisioneros de su pasado. Dios quiere que aprendamos de los errores, no que seamos cautivos de éstos. Él vino para liberar y restaurar a todos los hombres y mujeres cuyos sueños yacen enterrados en el valle de Acor.

 

Una Tragedia Personal
Las cargas que nos agobian quizá no tengan nada que ver con fallas morales. Tal vez son el resultado de una serie de calamidades de la vida.
 

Una de las peores pruebas para el alma es la muerte de un ser amado.

 Este tipo de pérdidas pueden dejarnos excesivamente agobiados y atrapados en el pasado. La historia de Taré, padre de Abraham, nos pinta un cuadro que nos deja una lección de un hombre que no pudo superar la pérdida de un ser querido.

 

Taré tuvo tres hijos: Abraham, Nacor y Harán. La Biblia dice que Harán «murió en Ur de los Caldeos, su tierra natal, cuando su padre Téraj aún vivía» (Génesis 11:28). Perder un hijo puede producir un terrible dolor, pero verlo morir puede causar un hondo abatimiento.

 

Con el tiempo, Taré tomó a su familia y salió de Ur de los Caldeos para buscar un nuevo destino en Canaán. Sin embargo, durante la ruta, tuvo que pasar por una ciudad cuyo nombre era Harán, el mismo nombre de su hijo fallecido y, en vez de continuar hacia Canaán, las Escrituras nos dicen que «al llegar a la ciudad de Harán, se quedaron a vivir en aquel lugar» (v. 31).

 

La nostalgia por un ser amado fallecido es algo normal. Pero las tragedias también tienen una manera de obligarnos con una falsa lealtad que nos impide liberarnos del dolor. Inesperadamente, un rostro en un aeropuerto o una canción en la radio tocan nuestro corazón y nos sumimos otra vez en la aflicción. Qué rápidamente entramos de nuevo al ámbito de la amargura, ¡y con cuánta facilidad nos quedamos allí!

 

«Y murió (Taré) en (Harán)» (Génesis 11:32 RVR-60 é.a). No solamente se quedó a vivir en Harán sino que murió allí. La narración es significativa y profética. Tal vez fue sentimiento de culpa imaginaria lo que lo mantuvo cautivo: si yo hubiera hecho esto o aquello, mi hijo no hubiera muerto. Cualquiera que haya sido la razón, Taré nunca pudo superar el dolor por la muerte de su hijo.

 

Debemos ver que por dolorosa que sea la muerte de un ser querido, no podemos permitir que las heridas del pasado anulen lo que Dios tiene para nosotros en el futuro. Aun si entramos rengueando, no debemos transarnos por algo que esté fuera de nuestro destino. La gracia de Dios está a disposición nuestra ahora. Con su ayuda tenemos que tomar la decisión de dirigirnos hacia Canaán, de lo contrario, también nosotros moriremos en Harán.

 

Un Tiempo Para Sanar
Estos dos factores, la tragedia y el fracaso personal pueden abrumar nuestras almas con pesadas cargas de opresión y culpa. En respuesta a nuestra necesidad, Dios perdona nuestros pecados, porque «el Señor hizo recaer sobre (Cristo) la iniquidad de todos nosotros» (Isaías 53:6 é.a). Ya sea real o no nuestra culpa, debemos quitarla de nuestros hombros y ponerla sobre los de Cristo.

 

Hoy ocurre una renovación en varias partes del mundo. Dios restaura la alegría en su pueblo. Muchos individuos a los que el Señor tocó fueron liberados —como puede ser liberado usted también— de su carga de tragedia o de fracaso moral. En el mismo lugar en donde nuestras frustradas esperanzas laceraron el corazón (cf. Proverbios 13:12), ahora Cristo llega «a sanar los corazones heridos» (Isaías 61:1). Donde antes reinaron la aflicción y el desaliento, Él da «corona en vez de cenizas, aceite de alegría en vez de luto, traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento» (v. 3).

 

La asistencia a la iglesia dejará de ser una penitencia por sus fracasos. De ahora en adelante, usted entrará por sus puertas con acción de gracias. A cada cristiano que soporta una pesada carga, el Señor le dice: todavía sigues siendo Mi novia.

 

De hecho, hablando de este valle de problemas y lágrimas, el Señor prometió a su Iglesia: «Pero… yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su juventud» (Oseas 2:14-15 RVR-60).

 

Los frutos de la bendición de Dios se aumentarán en su vida desde este día en adelante. Y allí, en el valle de Acor, en el escenario de sus profundas heridas y de sus peores fracasos, el Señor abrirá una puerta de esperanza. Su meta es nada menos que restaurar en usted la melodía del Señor para que cante otra vez como en los tiempos de su juventud.

 

El mensaje precedente ha sido adaptado de un capitulo en el libro del Pastor Frangipane, “Los Dias de Su Presencia”. Disponible en www.Arrowbookstore.com 

 

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