Dos cosas, tan solo dos cosas


(English)
Existen tantas cosas que ocupan nuestras mentes, tantos libros, ejemplos, y tantas buenas enseñanzas que merecen nuestra atención, que dicen: “Aquí hay una verdad.” Pero mientras he servido al Señor en estos años pasados él me ha guiado a buscar dos cosas, tan solo dos cosas: Conocer el corazón de Dios en Cristo, y conocer mi propio corazón a la luz de Cristo.

Conozcamos el corazón de Dios
He estado procurando conocer a Dios, escudriñando para conocerlo y conocer la profundidad de su amor hacia su pueblo. Yo quiero conocer el corazón de Cristo y la compasión que lo motiva. Las Escrituras lo dicen claramente: Jesús amaba a la gente. El evangelio de Marcos nos cuenta que después de que enseñó y sanó a multitud de enfermos, la gente tuvo hambre. Cristo en su compasión la vio como “un rebaño de ovejas sin pastor”: “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor” (Marcos 6: 34). Para él no fue suficiente enseñarles y sanarlos; se hizo cargo de las necesidades de cada uno de ellos personal. Para él era importante tanto el bienestar físico de la gente, como su aliento. (Marcos 6: 35-42).

Un muchacho que tenía cinco panes y dos peces proveyó lo suficiente para que Jesús realizara otro milagro. Pero ese milagro tenía que ser realizado por el cuerpo dispuesto pero cansado de Cristo. Mírelo de esta manera: Jesús había llevado a sus discípulos a aquel lugar para descansar. “Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aún tenían tiempo para comer” (Marcos 6: 31).

Note que Jesús mismo había ido allí a orar y a buscar fortaleza. Porque su precursor, Juan el Bautista, había sido decapitado esa misma semana a manos de Herodes. Fue en un estado de crisis, cuando Jesús estaba física y emocionalmente exhausto, que alimentó a las multitudes, no en una o en dos ocasiones, sino una y otra vez. “Entonces tomó los cinco panes y los peces, … y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante” (Marcos 6: 41).

Miles de hombres, mujeres y niños comieron “¡y se saciaron!” ¡Ah, qué grande, inmenso, compasivo, solícito, dulce, tierno, e incomparable es el corazón de Jesús! El milagro fue para la gente, pero no leemos que hubiera hecho un milagro para su sustento. Su sostén fue el amor santo y maravilloso que levantaba continuamente sus manos cansadas, con más pan y más peces. Aún a costa de su propia debilidad y cansancio, Él dio y continuó dando para que otros fueran renovados.

Por lo tanto, si mi búsqueda es conocerlo a El, debo reconocer esto acerca de El: Jesús ama a la gente, a toda la gente, especialmente aquellos a quienes la sociedad ignora. Por lo tanto, yo tengo que conocer exactamente que distancias recorrió en bien de la gente, porque esa es la misma distancia que recorrerá otra vez ¡a través de mí! Yo debo conocer sus pensamientos acerca de la enfermedad, la pobreza y el sufrimiento humano. A menos que sepa estas cosas, soy inútil para él, como su siervo. Si de veras voy a hacer su voluntad, debo conocer su corazón realmente. Por lo tanto, en todos mis momentos de estudio y oración busco algo más que sólo conocimiento: busco el corazón de Dios.

Conozcamos nuestros corazones
Al mismo tiempo, mientras nos acercamos más al corazón de Dios, en mi interior el fuego mismo de su Presencia comienza un trabajo de profunda depuración. En la vastedad de sus riquezas, se hace evidente mi pobreza. El salmista escribió: “¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (Salmo 24: 3-4).

Si no podemos siquiera encontrar el monte del Señor, mucho menos podemos ascender a él si hay engaño en nuestro corazón. ¿Cómo puede uno servir en el lugar santo de Dios si no tiene el alma limpia? Sólo los puros de corazón perciben a Dios. Ascender hacia Dios es caminar en el horno de la verdad, en donde la falsedad es extraída de nuestras almas. Para habitar en el monte santo tenemos que ser sinceros y honestos, aun cuando a veces parezca que una mentira nos puede salvar. Cada paso ascendente al monte de Dios es un avance de nuestras almas, hacia una visión más clara de las motivaciones que hay en nuestro corazón, es decir a una mayor transparencia.

Este llamado de Dios a ascender es el que buscamos y obedecemos. No obstante, nuestra alma interior está como escondida, asediada por los temores y las tinieblas, viviendo en un mundo de irrealidades e ilusiones. Es este nuestro yo interior que Dios busca salvar. ¿Ha visto Dios su ser interior, ése que solo Dios puede liberar? Porque buscamos la santidad pero la santidad verdadera sólo puede surgir aquí, en lo recóndito y escondido de nuestros corazones. Ciertamente es la plenitud de la verdad la que nos lleva a la santidad.
¡Dios nos concede un celo por la verdad para que podamos habitar en su lugar santo!

 En todas partes hay hombres que presumen conocer la “verdad”, pero no tienen ni santidad ni poder en su vida. La verdad tiene que llegar a ser más que doctrinas históricas, más que un museo de artefactos religiosos, o simplemente recuerdos del lugar y el tiempo en que Dios alguna vez obró. Verdad es conocer el Corazón de Dios tal como fue revelado en Cristo, y es conocer nuestros propios corazones a la luz de la gracia de Dios.

Como miembros de la raza humana estamos cubiertos por la ignorancia. Escasamente conocemos nuestro mundo cercano alrededor de nosotros, mucho menos podemos conocer nuestros propios corazones. Sin darnos cuenta, a medida que escudriñamos el corazón de Dios, exploramos también el nuestro. Porque solo encontrándolo a él nos encontramos nosotros, porque estamos “en él.”

No obstante, en ese proceso de escudriñamiento y búsqueda, al exponer mi corazón ante Dios, un sentimiento de temor reverente me invade al hacer mía la oración del rey David: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mi camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139: 23-24).

Desmaquillemos nuestras almas y miremos la realidad de nuestros corazones. Yo se que Dios nos ha creado eternamente completos y perfectos en Cristo. Yo lo creo así. Pero en los tres primeros capítulos del Apocalipsis de San Juan, Jesús no dice a las iglesias que eran “perfectas a sus ojos.” En absoluto. Él expone o revela lo que hay en sus corazones; les señala sus pecados. Sin ninguna concesión les demanda que sean vencedores, cada uno en su difícil y singular circunstancia.

Y como ellos, nosotros también debemos conocer nuestra necesidad. Como en su caso, las almas que queremos salvar habitan aquí, en un tiempo real, en un sistema mundial estructurado sobre las mentiras, las ilusiones y la corrupción desenfrenada. Nuestra vieja naturaleza es como los zapatos viejos a los cuales estamos acostumbrados y con los cuales nos sentimos cómodos y descansados; podemos empezar a actuar carnalmente aún sin darnos cuenta de ello. Los enemigos que nos derrotan están latentes y escondidos en nuestro interior. Así, el Espíritu Santo debe descubrir y exponer a nuestros adversarios antes de que podamos conquistarlos.

El profeta Jeremías escribió en relación con la naturaleza del hombre: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá”? (Jeremías 17: 9). En otra de las oraciones del rey David encontramos un clamor similar: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión” (Salmo 19: 12-13).

En nosotros puede haber errores que aún sin darnos cuenta, nos están dominando en realidad. Por ejemplo, ¿Somos consecuentes, de cuántas de nuestras acciones son manipuladas tan solo por la vanidad y el deseo de ser aceptados por los demás? ¿Somos conscientes de los temores y recelos que inconscientemente influencian tantas de nuestras decisiones? Podemos tener serios problemas en nuestro interior y sin embargo, ser demasiado orgullosos o inseguros para admitir que necesitamos ayuda.

¡Con relación a nosotros, tenemos un concepto muy alto, de algo que muy poco conocemos!

Aún en lo externo, aunque conocemos nuestra pose fotográfica, ¿sabemos cómo lucimos cuando reímos, cuando lloramos, cuando comemos o dormimos, cuando hablamos o cuando estamos enojados? El hecho es que la mayoría de nosotros ignora cómo es nuestra apariencia exterior para los demás. Con mayor razón desconocemos cómo somos interiormente ante Dios. Automáticamente nuestra forma de pensar, afectada por el pecado cuando el hombre cayó en el Edén, justifica nuestras acciones y racionaliza nuestros pensamientos. Sin el Espíritu Santo estamos casi indefensos ante nuestras innatas y propias tendencias hacia el auto-engaño.

Por lo tanto, si hemos de ser santos tenemos que renunciar primero a la falsedad. Habiendo sido justificados por fe y lavados en la sangre sacrificial de Cristo, a la luz de la gracia de Dios, no necesitamos pretender que somos justos. Solo es necesario que seamos verdaderos.

No hay ninguna condenación ni castigo para nuestra honestidad de corazón. Para recibir perdón y limpieza, sólo tenemos que arrepentirnos y confesar nuestros pecados; y para ser liberados de la maldad y del auto-engaño, únicamente necesitamos amar y abrazar la verdad. Necesitamos conocer dos cosas, tan solo dos cosas: el corazón de Dios en Cristo, y nuestros propios corazones a la luz de Cristo.













 
El mensaje precedente fue adaptado de un capitulo en el libro del Pastor Francis La Verdad, La Santidad y La Presencia de Dios. Disponible en la editorial Arrow Publications.



 
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