El Arrepentimiento y el Camino que Dios llama Santo


(English)
Muchos están llamando nuestra nación a la oración. Me gustaría añadir a ese mensaje un llamado al arrepentimiento. Ciertamente, 2 Crónicas 7:14 no solamente nos llama a orar sino a humillarnos y a volvernos agresivamente contra la maldad. Entonces, en ese espíritu, buscamos el rostro de Dios. Hay demasiada liviandad entre nosotros. Necesitamos un irrumpimiento hacia el quebrantamiento. Hay un mover de Dios que viene, pero su profundidad alcanzara solamente el nivel al que nuestro arrepentimiento nos prepare.

El propósito de este mensaje es llevarnos más allá de decir simplemente que lo sentimos mucho, cuando hemos pecado. Dios quiere conducirnos a una actitud de arrepentimiento, qué hace que volvamos a él persistentemente hasta que se manifieste que el en nuestras vidas el fruto de justicia.

Los evangelios nos cuentan que antes del comienzo del ministerio de Cristo, “hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan” (Juan 1: 6). Juan el Bautista fue enviado por Dios. El bautismo de arrepentimiento que predicó no fue el último acontecimiento para completar el Antiguo Pacto; fue el primer evento, el evento que prepare el terreno para el Nuevo Pacto. Juan fue enviado por Dios como precursor del ministerio de Cristo. Su único propósito fue sumergir al pueblo de Israel en una actitud de arrepentimiento (Hechos 19: 4). Se le encomendó “ir delante del Señor... y prepararle camino” (Marcos 1: 2-3).

El arrepentimiento siempre precede a la manifestación del Cristo vivo en la vida de una persona. Su propósito es “Preparar el camino” y “enderezar la senda. Asegurémonos de que lo entendemos con claridad: El arrepentimiento que predicó Juan el Bautista no hizo que los pecadores dijeran solamente “lo siento,” sino que estuvieran preparados y listos para el ministerio de Jesús.

El verdadero arrepentimiento revela totalmente el terreno del corazón para recibir una nueva siembra de conceptos y directrices. Y este es un aspecto de vital importancia en toda la esfera de la madurez espiritual. El mandato de Juan a los Judíos fue: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3: 8).

Notemos también que hasta que el arrepentimiento no produzca frutos no ha llegado a su fin. En efecto Juan estaba diciendo: “No abandonen su arrepentimiento del orgullo hasta que se deleiten en la humildad. Continúen arrepintiéndose del egoísmo hasta que amar a los demás sea algo natural en ustedes. No se detengan en la confesión de sus impurezas hasta que sean realmente puros.”  Demandó arrepentimiento hasta que este produjera fruto visible. Y si usted quiere ser santo, debe continuar en arrepentimiento hasta que lo sea.

Juan, el apóstol, nos dice que “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (I Juan 1: 9). No se esconda de sus pecados, confiéselos. La gracia de Dios y el sacrificio de su hijo son suficientes para cubrirlos y perdonarlos todos y cada uno de ellos, pero tenemos que pedir el perdón. Tenemos que humillarnos y someternos otra vez a Dios de corazón. Sea sincero en la confesión de su pecado y el Señor lo limpiará de él.

Una exhortación: sea persistente en su arrepentimiento, sin dudar nunca de la generosidad de la misericordia de Dios. Si Dios nos pide que perdonemos incondicionalmente a aquellos quienes pecan contra nosotros (Mateo 18:21-22), sepa que Dios no pide de nosotros más que lo que El demanda de Si mismo. Si usted peca 490 veces en un día, cada vez clame a El por perdón. El lo perdonara y lo limpiara del efecto del pecado.

Durante una época de mi vida tropezaba repetidamente sobre el mismo problema. Doliéndome y dudando en mi corazón, clame, “¿Señor, cuánto tiempo más me soportaras?” En un instante de gracia y verdad me respondió, “Hasta que te haya perfeccionado.”

Las escrituras nos dicen, “camino de vida [son] las reprensiones de la instrucción” (Prov. 6:23 LBLA). No queriendo con esto abrumar a nadie sino a aquellos que rechazan la corrección. ¡Las reprensiones son el camino de vida! Jesus dijo, “'Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete” (Apoc 3:19). No es la ira de Dios la que nos habla del arrepentimiento; es Su bondad y misericordia. Se nos ha prometido, “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Fil. 1:6). Mientras continuemos anhelando ser como El, Su reprensión será una puerta hacia Su Presencia.

Sin embargo, si retrocede usted frente a la palabra arrepentimiento, es porque usted no quiere cambiar. Usted necesita este mensaje. Cuando el pensamiento de arrepentimiento no está envuelto en sombrías imágenes de cilicio y lágrimas, cuando la corrección inspira regocijo y exclamaciones de alabanza a la gracia de Dios, sepa que su espíritu se ha vuelto realmente puro. Es en este momento que usted está caminando por el camino que Dios llama santo.

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El mensaje precedente fue adaptado de un capitulo en el libro del Pastor Francis La Verdad, La Santidad y La Presencia de Dios. Disponible en la editorial “Arrow Publications”.

 
 
 
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Su interés en duplicar y re enviar este material es un gozo para nosotros. Solo le pedimos que provea la información del sitio en la red de los Ministerios Francis Frangipane. Como única excepción si el artículo es en realidad un extracto de un libro publicado por otra editorial. En este caso ellos nos han pedido ser nombrados como referencia. Finalmente, cualquier pregunta sobre las enseñanzas de Francis Frangipane puede ser enviada a mensajes@frangipanehispano.org.

 

Francis Frangipane Derechos de Autor 2012
Todos los Derechos Reservados

Edición Gabriela Rabellino



 

 


 


Abracemos la Lucha de la Fe


(English)
A pesar de los conflictos mundiales, el Espíritu Santo esta guiando a la verdadera Iglesia a un tiempo de transformación. No debemos mirar las presiones de nuestros días como si fueran obstáculos puestos para detenernos; porque en las manos del Todopoderoso, estas son las herramientas que El usa para perfeccionarnos.

Uno de los problemas de interpretar los eventos del tiempo final, es la tendencia a enfocarnos solo en una parte de las condiciones. Si miramos solo el hecho de que Satanás está furioso, o que el desorden, las guerras, terremotos y hambrunas están creciendo, podemos llegar a la conclusión de que la dificultad y oscuridad son todo lo que nos espera hasta que llegue el rapto. Y, como ya mencione, mucha gente nos ha ensenado que la vida se pondrá más difícil hasta que Cristo regrese.

Pero el mismo Espíritu que predijo las condiciones peligrosas de los tiempos finales, también nos anticipó que, a pesar de las dificultades y luchas, el Evangelio de Cristo seria proclamado a todas las naciones (vea Marcos 4:28-29), y aquellos que conocieran a su Dios harían proezas, brillarían como las estrellas en el firmamento y ensenarían justicia a las multitudes (ver Daniel 11:32, 12:3).

En cada época Dios requiere que andemos como vencedores. Nuestro llamado es a orar, a levantarnos en guerra espiritual, a interceder por nuestros líderes y soldados, y a no abandonar nuestra visión de un mundo en avivamiento, a pesar de los reveses que podamos llegar a sufrir. El mismo hecho de que naciones tan distantes están experimentando renovación y grandes cosechas (Uganda y Fiji, por ejemplo) nos recuerda que todavía hay tiempo para nuestras propias naciones.  Nuestra atención debe centrarse en ser como Cristo en todas las áreas de nuestras vidas.

Podemos sentirnos abrumados por la inundación de maldad que viene contra nuestras sociedades, pero la promesa de Dios es que, cuando el enemigo venga como rio, el Señor levantara bandera contra el (ver Isaías 59:19).

Entonces deberíamos preguntarnos: ¿nuestra atención esta puesta en las obras del enemigo? ¿O miramos la bandera que Dios está levantando para detener el asalto de maldad? No nos olvidemos, amados, que aun cuando las tinieblas cubran la Tierra y la oscuridad se levante contra los pueblos, la promesa de Dios es que ¡su gloria se levantara sobre nosotros y su presencia será visible a través de nosotros! A pesar que parezca que la oscuridad nunca va a cesar, el Señor promete que, al final de la guerra entre la luz y las tinieblas, “andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento” (ver Isaías 60:1-3). Por cierto, la Palabra de Dios revela que, desplegándose en el panorama de los tiempos finales, también habrá un prolongado “periodo de restauración” (vea Hechos 3: 20-21).

Eso no significa que el mundo será dominado por la Iglesia - como algunos erróneamente enseñan- sino que ¡la verdadera Iglesia será gloriosa, dominada y transformada por Cristo! ¡Esa muestra final se consumara en una Iglesia conforme a la naturaleza de Cristo, cuya madurez espiritual manifestara sobre la Tierra la persona y la pasión de Jesucristo Mismo!

Nuestra lucha es la lucha por la fe: ¿creemos lo que Dios ha prometido? Nuestra guerra es contra principados y potestades. ¿Creemos el reporte de que “Cristo asombrara- esto es limpiara, perdonara y transformara – a muchas naciones” (Isaías 52:15)?

Yo. Por ejemplo, creo en las promesas de Dios. Su Palabra es no solo un consuelo para mí en tiempos de conflicto, sino una espada que esgrimo en tiempos de guerra espiritual, cuando proclamo la realidad del amor de Dios por mi familia, mi iglesia, mi ciudad y también mi nación! Considere la siguiente declaración: “Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mi vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:11). No importa cuánto arrecie la batalla, la Palabra de Dios no volverá a El vacía.

Considere también el compromiso del Señor: “Yo apresuro mi palabra para ponerla por obra” (Jer 1:12). Y Su enseñanza;

“No digas en tu corazón. ¿Quien subirá al cielo? (esto es para traer abajo a Cristo); o, ¿quien descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). ¿Mas que dice? Cerca de ti esta la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos”. (Romanos 10:6-8).

No solo simples mortales andando a los tumbos ciegamente en la Tierra, separados de Dios y aislados de su respuesta a nuestras necesidades. ¡No! Somos nuevas criaturas, nacidos de nuevo del cielo, y dentro de nosotros vive el Espíritu Santo del Dios Poderoso.

Si, trabajamos e intercedemos; nos arrepentimos de nuestros pecados y de los pecados de nuestras naciones. Pero el peso de nuestra victoria no yace sobre lo mucho que hemos hecho y gemido, sino sobre cuan sinceramente creemos lo que Dios ha prometido. El Señor no quiere que nos preocupemos por el futuro; quiere que lo forjemos a través del conocimiento de su voluntad, por la proclamación de Su Palabra – que es la “espada del espíritu” (Efesios 6:17) – y por nuestra rendición al poder del Espíritu Santo. Y entonces promete: “Todo aquel que en e l creyere, no será avergonzado” (Romanos 10:11).

Amados, ¡la espada que Dios ha puesto en nuestros corazones y bocas no es nada menos que el eco de Su voz en nosotros! Entonces no nos quejemos por las condiciones negativas en el mundo, ni suspiremos oraciones susurradas en temor e incredulidad. ¡Abracemos la lucha de la fe!  ¡Que el amor de Cristo por la humanidad sea la motivación que nos impulse! Tome su Biblia y declare en audible voz las promesas de la Palabra de Dios. Escoja cualquiera de los versos citados arriba y léalos en voz alta, con fe y autoridad. Le garantizo que si proclama la Palabra de Dios con fe, ella soltara poder en y a través de su espíritu. Ningún poder puede apagar las promesas que Dios ha inspirado en Su Libro.

El nos asegura que “al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23). Quebremos el yugo del espíritu de pasividad. ¡Tomemos la espada del espíritu y abracemos la lucha de la fe!

Señor, me arrepiento por la autocompasión y el miedo. ¡Adiestra mis manos para la batalla! Enséname a levantarme y defender Tu justa causa. En el nombre de Jesus. Amén.
 

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---Adaptado del libro de Francis, “Alístese junto al Señor de los Ejércitos”











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¡Este día pelearemos!


(English)
Las Escrituras contienen muchos ejemplos del valor de David. Siendo joven, por ejemplo, mientras otros temblaron, David estaba pronto y deseoso de enfrentar a Goliat. David es un ejemplo de uno a quien Dios elije, cuyas pasiones por Dios lo sostuvieron durante la mayor parte de su vida.

 

Aun así, David también nos proporciona un ejemplo de lo que puede ocurrirle a buenas personas cuando un espíritu de pasividad triunfa. Pues hubo una ocasión cuando David no fue detrás de sus enemigos, y las consecuencias fueron graves. Sucedió porque permitió que un espíritu de pasividad dominara su voluntad.

 

 “Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel, y destruyeron a los amonitas, y sitiaron a Rabá; pero David se quedó en Jerusalén” (2 Samuel 11:1).

 

Durante un tiempo de guerra, el rey permitió que un espíritu de pasividad inmovilizara su alma. Prontamente encontramos a este gran rey guerrero casi incapaz de resistir el ataque espiritual desplegado.

 

“Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa” (2 Samuel 11:2).

 

La mujer era Betsabé, la esposa de Urias. Desde el momento en que David acepto la influencia de ese espíritu de pasividad, su resistencia fue debilitada. Su conciencia se paralizo. La Escritura dice que “al caer la tarde,… se levantó David de su lecho”. Quizá era habitual descansar en la tarde, pero me suena a inconsecuente que David estuviera tomando una siesta mientras sus hombres luchaban. Es posible que esta siesta no fuera en respuesta a una necesidad de su cuerpo físico sino la expresión del adormecimiento que había asido a su alma. El estuvo en la cama hasta “caer la tarde”.

 

Esta pesadez en el alma de David era realmente parte de un más grande y sincronizado ataque espiritual. La otra parte de esa batalla fue la silenciosa, incitación interior que movió a Betsabé a bañarse en un lugar donde David podría verla. Finalmente, incapaz de resistir, y desafiando a sus nobles cualidades, “envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella” (2 Sam. 11:4).

 

Querido amigo, recuerde: Este terrible fracaso moral no fue inducido por la lujuria de David o su flagrante rebelión contra Dios. ¡Un espíritu de pasividad llevo a David a su pecado! El problema simplemente fue que en el tiempo en que los reyes iban al frente de guerra, David se quedo en casa.

 

Nosotros mismos estamos en tiempo de guerra. El Espíritu de Dios nos está llamando a pelear tanto por nuestras almas como por nuestras familias, ciudades y naciones. Efectivamente, la Palabra de Dios revela que “Jehová saldrá como gigante, y como hombre de guerra despertará celo; gritará, voceará, se esforzará sobre sus enemigos” (Isaías 42:13).

 

¿Está en usted esta lucha santa? ¿Hay un clamor de guerra en su espíritu? Si usted ha nacido de nuevo, ese clamor esta dentro suyo, aun cuando haya sido enmudecido por el letargo.

 

Nunca tendremos éxito como vencedores sino llevamos en nuestro espíritu el grito de guerra de Dios. Debemos dejar de resistir el llamado a la oración; debemos abrazar la realidad de la guerra espiritual; y debemos pelear con las armas de guerra que Dios nos ha dado, tanto para nuestro propio progreso como también a favor de aquellos que amamos.

 

De lo contrario, en el momento que usted rinda su voluntad ante una actitud pasiva, debe esperar que una tentación apropiada a su debilidad pronto le seguirá. Puede que no sea Betsabé; puede que sea pornografía en la Internet. O puede ser una compañera de trabajo quien comienza a parecerle atractiva en un tiempo en el cual usted y su esposa están con luchas. Cualquiera sea el área de debilidad en su vida, Satanás buscara aprovecharse de esa área. Probablemente no será un ataque frontal y evidente. El se acercara calladamente, en susurros, desmantelando su guardia spiritual.

 

 Lo que le desarmo fue un espíritu de pasividad.  Si el enemigo tiene éxito en esta primera fase de su ataque, prontamente usted se encontrara envuelto en algo que puede desbastar a usted y a sus seres queridos.

 




---Adaptado del libro de Francis, “Alístese junto al Señor de los Ejércitos”











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Traducción y Edición Gabriela Rabellino

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Una Puerta de Esperanza

 
Tenemos la tendencia a presumir del poder de la fe mientras reducimos al mínimo el valor de la esperanza. Sin embargo, "la fe es la sustancia de las cosas que se esperan" (traducción de la versión ingles KJV Heb. 11:1). Sin tener una esperanza viva en Dios, nuestra fe no tiene sentido. En efecto, la primera etapa de la transformación es el despertar de la esperanza.

Sin embargo, incluso después de que nos acercamos a Cristo, aun fracasamos. A menudo, un espiral que nos lleva hacia abajo se produce cuando el pecado abre la puerta a la condena, y la condena sofoca la voz de la esperanza. Consideremos la historia de la conquista israelí de Canaán.

 

 El Señor estaba a punto de prosperar a Israel con la riqueza de los cananeos si el botín de la primera batalla en Jericó era dedicado totalmente a Dios. Pero un hombre, Acán, desafió el edicto del Señor y tomó plata, oro y un manto babilónico y los escondió en su tienda. Como resultado de su pecado, treinta y seis israelitas murieron derrotados y humillados en la siguiente batalla por la pequeña ciudad de Hai.

 

Después de que el Señor expuso a Acán como el perpetrador de este pecado, Josué lo tomó a él junto con su familia y sus posesiones y los llevó a un valle. Entonces, el líder de Israel dijo: « ¿Por qué has traído esta desgracia sobre nosotros? ¡Que el Señor haga caer sobre ti esa misma desgracia! Entonces todos los israelitas apedrearon a Acán y a los suyos, y los quemaron. Por eso aquel lugar se llama valle de Acor» (Josué 7:25-26).

 

La palabra Acor significa «problema». Representó los problemas y el dolor que una persona causa a otras. No hay duda que la experiencia más terrible para Acán fue el hecho de que su esposa y sus hijos tuvieran que morir con él. Mientras se abrazaban entre sí para esperar este juicio horrible, el sentimiento de culpa y el remordimiento debieron ser insufribles para  Acán.

 

El Fracaso Personal
Con el tiempo, el valle de Acor llegó a simbolizar el peor de los castigos. Era un lugar de muerte y desolación. Por supuesto, hoy no apedreamos a aquellos cuyo pecado o irresponsabilidad causaron dolor a otros. Sin embargo, el pecado tiene consecuencias y, aunque no seamos apedreados físicamente por nuestros fracasos, los efectos de la condenación pública pueden ser igualmente devastadores para el espíritu humano. El hecho es que muchos de nosotros conocimos un valle de Acor personal en el cual nuestra negligencia moral o nuestras malas acciones causaron el sufrimiento de otras personas.

 

Tal vez usted cometió adulterio y su esposa e hijos están abatidos. Puede ser que su ansiedad o descuido al conducir su auto causaron un accidente, lo que produjo como resultado un gran sufrimiento, incluso la muerte de otra persona. O quizá su falta de ejemplo cristiano hizo que sus hijos se alejaran de Dios. Las posibilidades de fracaso son interminables, pero el resultado es casi siempre el mismo: es como si soportara una maldición en su vida.

 

No solamente su propio corazón lo condena sino que las palabras y actitudes de los demás lo convencieron de que merece su desgracia actual. La censura pública tiene el mismo efecto sobre su espíritu que la lapidación tuvo en el cuerpo de Acán, con la diferencia de que quien murió en este caso es su esperanza. Antes usted podía mirar el futuro con expectativa y esperanza, ahora el dolor y el remordimiento en su corazón oscurecen su visión.

 

Solamente la virtud, la pureza y la fortaleza que vienen después de un verdadero arrepentimiento pueden remover la carga de la auto condenación. De ahí que la única respuesta correcta a las acciones equivocadas y sus consecuencias es la obra transformadora del Espíritu Santo.

 

Desdichadamente, el enemigo tiene a muchos cristianos atrapados

en la incredulidad y la auto condenación. Saben que lo que hicieron fue malo y lo lamentan, pero no pueden liberarse del sentimiento de culpa.

En capítulos anteriores, leímos en las Escrituras que nuestro Redentor vino para proclamar libertad a los prisioneros. ¿Se refiere solamente a quienes están encarcelados en prisiones físicas? No, su liberación es para todos los que son prisioneros de su pasado. Dios quiere que aprendamos de los errores, no que seamos cautivos de éstos. Él vino para liberar y restaurar a todos los hombres y mujeres cuyos sueños yacen enterrados en el valle de Acor.

 

Una Tragedia Personal
Las cargas que nos agobian quizá no tengan nada que ver con fallas morales. Tal vez son el resultado de una serie de calamidades de la vida.
 

Una de las peores pruebas para el alma es la muerte de un ser amado.

 Este tipo de pérdidas pueden dejarnos excesivamente agobiados y atrapados en el pasado. La historia de Taré, padre de Abraham, nos pinta un cuadro que nos deja una lección de un hombre que no pudo superar la pérdida de un ser querido.

 

Taré tuvo tres hijos: Abraham, Nacor y Harán. La Biblia dice que Harán «murió en Ur de los Caldeos, su tierra natal, cuando su padre Téraj aún vivía» (Génesis 11:28). Perder un hijo puede producir un terrible dolor, pero verlo morir puede causar un hondo abatimiento.

 

Con el tiempo, Taré tomó a su familia y salió de Ur de los Caldeos para buscar un nuevo destino en Canaán. Sin embargo, durante la ruta, tuvo que pasar por una ciudad cuyo nombre era Harán, el mismo nombre de su hijo fallecido y, en vez de continuar hacia Canaán, las Escrituras nos dicen que «al llegar a la ciudad de Harán, se quedaron a vivir en aquel lugar» (v. 31).

 

La nostalgia por un ser amado fallecido es algo normal. Pero las tragedias también tienen una manera de obligarnos con una falsa lealtad que nos impide liberarnos del dolor. Inesperadamente, un rostro en un aeropuerto o una canción en la radio tocan nuestro corazón y nos sumimos otra vez en la aflicción. Qué rápidamente entramos de nuevo al ámbito de la amargura, ¡y con cuánta facilidad nos quedamos allí!

 

«Y murió (Taré) en (Harán)» (Génesis 11:32 RVR-60 é.a). No solamente se quedó a vivir en Harán sino que murió allí. La narración es significativa y profética. Tal vez fue sentimiento de culpa imaginaria lo que lo mantuvo cautivo: si yo hubiera hecho esto o aquello, mi hijo no hubiera muerto. Cualquiera que haya sido la razón, Taré nunca pudo superar el dolor por la muerte de su hijo.

 

Debemos ver que por dolorosa que sea la muerte de un ser querido, no podemos permitir que las heridas del pasado anulen lo que Dios tiene para nosotros en el futuro. Aun si entramos rengueando, no debemos transarnos por algo que esté fuera de nuestro destino. La gracia de Dios está a disposición nuestra ahora. Con su ayuda tenemos que tomar la decisión de dirigirnos hacia Canaán, de lo contrario, también nosotros moriremos en Harán.

 

Un Tiempo Para Sanar
Estos dos factores, la tragedia y el fracaso personal pueden abrumar nuestras almas con pesadas cargas de opresión y culpa. En respuesta a nuestra necesidad, Dios perdona nuestros pecados, porque «el Señor hizo recaer sobre (Cristo) la iniquidad de todos nosotros» (Isaías 53:6 é.a). Ya sea real o no nuestra culpa, debemos quitarla de nuestros hombros y ponerla sobre los de Cristo.

 

Hoy ocurre una renovación en varias partes del mundo. Dios restaura la alegría en su pueblo. Muchos individuos a los que el Señor tocó fueron liberados —como puede ser liberado usted también— de su carga de tragedia o de fracaso moral. En el mismo lugar en donde nuestras frustradas esperanzas laceraron el corazón (cf. Proverbios 13:12), ahora Cristo llega «a sanar los corazones heridos» (Isaías 61:1). Donde antes reinaron la aflicción y el desaliento, Él da «corona en vez de cenizas, aceite de alegría en vez de luto, traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento» (v. 3).

 

La asistencia a la iglesia dejará de ser una penitencia por sus fracasos. De ahora en adelante, usted entrará por sus puertas con acción de gracias. A cada cristiano que soporta una pesada carga, el Señor le dice: todavía sigues siendo Mi novia.

 

De hecho, hablando de este valle de problemas y lágrimas, el Señor prometió a su Iglesia: «Pero… yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su juventud» (Oseas 2:14-15 RVR-60).

 

Los frutos de la bendición de Dios se aumentarán en su vida desde este día en adelante. Y allí, en el valle de Acor, en el escenario de sus profundas heridas y de sus peores fracasos, el Señor abrirá una puerta de esperanza. Su meta es nada menos que restaurar en usted la melodía del Señor para que cante otra vez como en los tiempos de su juventud.

 

El mensaje precedente ha sido adaptado de un capitulo en el libro del Pastor Frangipane, “Los Dias de Su Presencia”. Disponible en www.Arrowbookstore.com 

 

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