El progresivo incremento de Su presencia


(English)
Sé que el mundo no arrepentido está destinado a sufrir La Gran Tribulación, pero en lo que concierne a la iglesia viva que ora, si continuamos el ascenso hacia el nivel de la semejanza con Cristo, antes del rapto habrá una estación de gloria para los verdaderos cristianos.

Para respaldar este objetivo santo, permítame referirle un encuentro que tuve con el Señor en 1973. Yo pastoreaba una iglesia pequeña en Hawái, y había estado en un mes de intensa oración y ayuno prolongado, un tiempo de acercamiento a Dios. Al final de este período, me despertó una noche la visitación del Señor. No es que hubiera visto Su figura física; observé Su gloria y fui abrumado por el intenso fuego de Su presencia. Inmediatamente me sentí como muerto, incapaz de mover siquiera un dedo. Sin embargo, espiritualmente mi estado de consciencia se agudizó en una forma que no había conocido antes. Me sentí como uno de los seres vivientes mencionados en el libro de Apocalipsis, como si poseyera «ojos, por encima y por debajo» (cap. 4:8).

Con mis «ojos espirituales» descubrí la verdad sobre mi justicia. Recuerde, yo había estado en oración y ayuno; me sentía bien acerca de mi mismo.  No obstante, de repente fui consciente de mi verdadera condición humana. Las faltas en mi vida llegaron a ser insufriblemente vívidas y de manera expresa pecaminosas. Vi mi iniquidad no como algo que ocasionalmente cometía, sino como algo que perpetuamente era. De manera instantánea llegué a estar consciente de las muchas ocasiones en que pude haber sido más amoroso, o amable, o sensible. También pude ver cuán egoístas eran casi todas mis acciones.

No obstante, no sentí ningún reproche ni condenación del Señor para todas las tiniebla que había dentro de mí. No vino ninguna voz del cielo para convencerme de mis yerros. La única voz que me condenaba era la mía; a la luz de Su presencia, me aborrecí a mí mismo (cf. Job 42:6).

Sin ningún amortiguador, ni auto justificación, ni impostura, vi cuán alejado de Su gloria estaba. Me di cuenta por qué la humanidad necesitaba la sangre de Cristo, y que ninguna cantidad de logros personales podía hacerme jamás como Jesús. De la manera más profunda entendí que solamente Cristo pudo vivir como Cristo. El plan de Dios no era mejorarme sino removerme, de tal manera que el Señor Jesús mismo pudiera vivir a través de mí (cf. Gálatas 2:20). Mi esperanza de ser como Él descansaría en el hecho de Su presencia morando en mí.

Con ojos por encima y por debajo, me di cuenta que la atmósfera divinamente «electrizada» que sentí en mi cuarto era emitida desde una realidad muy distante. Más aun, a pesar de distante, la emanación de la presencia de Cristo era como una llama ardiente sobre mi conciencia. Una gran procesión de seres angelicales descendía a través del cielo nocturno; supe que esto era una vislumbre del cielo viniendo a la tierra.

A la vanguardia iban parejas de ángeles magníficos: arcángeles, querubines, serafines, tronos y dominios. Había ángeles de toda clase y de todo orden. Cada pareja estaba singularmente envuelta en un radiante esplendor propio.

Como a una tercera parte de la distancia venía el Señor. La luz de su gloria era como el sol en medio de una formación de hermosas estrellas multicolores. Tras Él estaba un inmenso número de santos, pero yo no podía mirar bien la gloria del Señor; su brillo envolvía a quienes le seguían, y era como si se hubieran convertido en parte de su Ser. Era evidente que la brillantez que iluminaba toda la procesión emanaba de Él. Me di cuenta que el Señor no viene precisamente para juzgar a la humanidad sino para llenarla de Su gloria.  Permítame reiterar que, aunque el Señor estaba tan distante, el brillo de Su presencia era como un fuego vivo sobre mi consciencia. La energía era casi dolorosa.

Entonces, sin advertencia, la procesión se acercó no sólo a mí sino a este mundo. Fue como si se hubiera cruzado una línea en el tiempo o una frontera espiritual. Instantáneamente fui abrumado por la intensidad de la presencia del Señor. Sentí que no podía soportar —ni por un instante más— el aumento de Su gloria. Sentí como si toda mi existencia fuera a ser consumida por la ráfaga ardiente de Su resplandor. Y con la oración más intensa y profunda que yo haya pronunciado alguna vez, todo mi ser le suplicó al Señor que me regresara a mi cuerpo. Repentina y misericordiosamente fui devuelto otra vez al mundo familiar de mis sentidos y de mi habitación.

Qué significa
La noche pasó, llegó la aurora y yo me levanté temprano, me vestí y salí. Con cada paso que daba, reflexionaba acerca de la visión. El Señor atrajo mi atención hacia el sol que ascendía en el horizonte de la bóveda celeste. Al fijarme, observé paralelos entre el esplendor de la luz del sol y la gloria del Señor. Comprendí de una nueva manera que «los cielos cuentan la gloria de Dios» (Salmo 19:1).

Me apercibí que, aunque el sol estaba a una distancia de ciento cuarenta y nueve millones de kilómetros del planeta tierra, sentimos su calor y su vida en su luz. Es inconcebible lo distante que está. Sin embargo, su energía nos llega hasta aquí. Nos calienta y por su luz existimos. De igual manera, la expansión de la presencia del Señor emana de su cuerpo glorificado en los cielos. Físicamente, Él está distante. Sin embargo, hay veces en que realmente sentimos los rayos del sol de su presencia. En verdad recibimos el calor de su amor. La gloria de Cristo, como los rayos que provienen del sol, es «segura» mientras permanezca distante de nosotros en los cielos.

Pero imagine que en cada década que pasa el sol se acercara más a la tierra. La radiación, el calor y la luz aumentarían dramáticamente. En cada etapa de su acercamiento, el mundo, tal como lo conocemos, cambiaría radicalmente.

Así también cambiará este mundo; a medida que la persona del Señor Jesús y su reino milenial se acerquen. El esplendor de Su presencia llenará progresivamente los ámbitos espirituales que circundan nuestro mundo. Y no solamente comenzará el mundo, tal como lo conocemos, a sufrir cambios dramáticos a medida que el Señor confronte y derribe las fortalezas demoníacas, sino que ocurrirá también una gran transformación en quienes tienen su corazón abierto al Señor y lo anhelan.

Si el sol se acercara, el incremento del calor y de la luz cautivaría nuestros pensamientos. Mientras los justos experimentan «gloria, honor y paz» (Romanos 2:10) que emanan de Su presencia, esta misma gloria causará «sufrimiento y angustia» (v. 9) al mundo no arrepentido. Los malvados clamarán a las rocas y a las montañas: « ¡Caigan sobre nosotros y escóndannos» (Apocalipsis 6:16a). ¿Esconderlos de qué? Del «que está sentado en el trono» (v. 16b).

Aquellos endurecidos en el pecado o encontraran gracia y se arrepentirán o sus corazones se volverán irreconciliables como el de faraón. Pero el mismo sol que endurece el barro derrite también la mantequilla. De modo que, al paso que éste se acerca, la oración de los justos será: ¡llénanos con la presencia del Cordero! La presencia de Cristo será todo lo que llenará nuestras mentes. Quienes lo aman experimentarán el incremento de su delicia; ellos gustarán el néctar de los cielos. Ya sea que estén con el Señor o en su contra, las mentes de todos serán inundadas con pensamientos acerca de Dios.

Como está escrito:

 «Miren, ya viene el día, ardiente como un horno. Todos los soberbios y todos los malvados serán como paja, y aquel día les prenderá fuego hasta dejarlos sin raíz ni rama — dice el Señor Todopoderoso—. Pero para ustedes que temen mi nombre, se levantará el sol de justicia trayendo en sus rayos salud. Y ustedes saldrán saltando como becerros recién alimentados. El día que yo actúe ustedes pisotearán a los malvados, y bajo sus pies quedarán hechos polvo — dice el Señor Todopoderoso—» (Malaquías 4:1-3).

Simultáneamente, tendrán lugar dos acontecimientos tendrán lugar en la tierra, serán el resultado de una única y eterna fuente. La misma presencia progresiva que hará que la ira descienda sobre los malvados, hará que la gloria de Dios sea vista sobre los justos. Porque para quienes tememos Su nombre el sol de justicia con sus rayos sanadores, se levantará.






 

Adaptado de un capítulo del libro del Pr. Francis, Los Días De Su Presencia. Disponible  en Editorial Arrow Publications.



 
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