En el umbral de la gloria - Parte 2

 
(English)
El Dios de gloria

Casi todos los cristianos que conozco creen hoy que vivimos en los tiempos finales de esta era. Qué tan cerca está el fin, nadie lo sabe; y cuándo regresará Jesús, nadie puede adivinarlo. Si nuestra esperanza realmente viene del cielo, la iglesia de Jesucristo, hambrienta y dedicada a la oración, estará a punto de entrar en un período de extraordinarias manifestaciones de la gloria de Dios. Estamos por entrar en lo que los eruditos bíblicos llaman un accionar «dispensacional» del Espíritu de Dios. Durante tales tiempos, el Señor siempre se ha manifestado en gloria.
 
Es cierto que nadie vio la gloria del Padre, pero Dios Hijo se manifestó en gloria en numerosas ocasiones en el pasado. Abraham vio la gloria de Cristo mientras estaba en Mesopotamia. Ezequías la vio el año en que murió el Rey Uzías. Ezequiel se postró en presencia del Viviente a orillas del río Quebar. Daniel, David, Habacuc, Salomón, Zacarías y Hageo, todos vieron la gloria del Señor. ¡En realidad, la Biblia fue escrita por personas que vieron la gloria de Dios!

 
Moisés contempló esa gloria, luego Aarón, Nadab, Abiú, y también los setenta ancianos hebreos. Éxodo nos cuenta que esos hombres «vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había una especie de pavimento de zafiro, tan claro como el cielo mismo» (Éxodo 24:10). De su encuentro con el Todopoderoso, leemos: «Y vieron a Dios, y comieron y bebieron» (v. 11 RVR-60).
 
Piense esto: ¡ellos vieron a Dios! ¿No siente dentro de usted una cierta envidia por esa experiencia de mirar realmente contempla la gloria de Dios? Porque contemplar la gloria de Dios no es solamente bíblico sino que es típico durante los movimientos dispensacionales de Dios. El hecho es que alrededor de tres millones de israelitas vieron la gloria de Dios en el monte Sinaí. Los jóvenes, las ancianas, los niños, personas de todas las edades y de toda condición física vieron «la gloria de Jehová (que) reposó sobre el Monte Sinaí» (Éxodo 24:16 RVR-60 é.a).
 
Pero esa gloria manifestada no terminó en el Sinaí. Toda la nación hebrea seguía una nube de gloria en el día y eran iluminados por una flameante columna de fuego glorioso durante la noche. Y esto no ocurrió una vez ni dos sino ¡todos los días durante cuarenta años! ¿Cuánto más el Señor de la gloria se manifestará a nosotros al final de esta era?
 
Jesús dijo que el más pequeño en su reino es mayor que cualquiera de los beneficiarios del antiguo pacto (cf. Mateo 11:11). ¿En qué sentido son «mayores» los seguidores de Cristo? La gente del Antiguo Testamento vio Su gloria a distancia, pero ¡Él decidió revelar su gloria en y a través de la Iglesia! ¿No está escrito que Él viene «para ser glorificado por medio de sus santos y admirado por todos los que hayan creído?» (2 Tesalonicenses 1:10)
 
En efecto, Jesús no solamente nos dio su nombre y sus palabras (cf. Juan 17:6, 14) sino que ¡también nos concedió participar de su radiante esplendor! La misma gloria que se manifestó en el Antiguo Testamento la depositó en el espíritu de quienes son lavados y purificados por su sangre. Él dijo: «Yo les he dado la gloria que me diste» (v. 22).
 
Sí, Dios revelará otra vez Su gloria al final de esta era. El mundo inconverso recibirá de Dios una última y legítima oportunidad de escoger no meramente entre la Iglesia y el pecado sino entre el brillo del Cielo y los horrores del infierno. En verdad, al final de la era, en la tierra, ambos reinos se manifestaran en su plenitud.

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Este mensaje fue adaptado de un capítulo del libro del Pastor Francis Los días de Su presencia. – Publicado en español por Asociación Editorial Buena Semilla bajo su sello Editorial Desafío.

 

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 Traducción y edición en la adaptación: Gabriela Rabellino

 

 
 
 

 
 
 
 
 
 



 

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