La fortaleza de la semejanza a Cristo - Parte 2

(English)
El más alto propósito de Dios
La mayoría de los cristianos solo se comprometen en la batalla espiritual con la esperanza de aliviar sus problemas del momento, o para alcanzar existencias "normales". Sin embargo, el propósito de todos los aspectos de la espiritualidad, inclusive el de la batalla, es llevarnos a la imagen de Cristo. Nada, ni la alaban­za, ni la guerra, ni el amor, ni la liberación, se obtienen en verdad, si fallamos en ese objetivo singular de nuestra fe: la semejanza con Cristo.
 
Recordemos que Dios libero a los antiguos hebreos y los sacó de Egipto para poder llevarlos a la tierra prometida. De manera similar, El nos libero y nos salvo del pecado, no para permitirnos vivir para nosotros mismos, sino para que pudiéramos llegar a la seme­janza con Jesus. Lo que llamamos “salvación” es la primera fase del ser conformados a Cristo. Si fracasamos en ver esto, fácilmente nos  encontraremos metidos en los mismos pecados que nos oprimieron en primer lugar. 
Entre tanto, quizás no queramos escuchar esto: muchos de nuestros conflictos espirituales simple­mente no van a cesar sino hasta cuando el carácter de Jesus se forme en nuestro corazón. El objetivo del Padre en la liberación es mucho más que tan solo ver a nuestras cargas o al demonio fuera de nuestro hombro. En realidad, el propósito específico al cual Dios dirige la obra de todas las cosas en nuestra vida, es conformarnos a la imagen de su Hijo. La finalidad del Padre en nuestra salvación fue que Jesus viniera a ser: "...el primogénito entre muchos hermanos" (Romanos 8:29). En otras palabras, la forma como Dios realiza su victoria final es alcanzar su meta definitiva, es decir, nuestra transformación completa en la semejanza de Cristo.
 
Cuando nacemos de nuevo, la presencia del Señor Jesus, a través del Espíritu Santo, entra en nuestras vidas. En la medida que cooperemos con la voluntad de Dios, la gloria de Dios avanzara dentro de nosotros. De hecho, Jesus asemejo nuestra salvación con el encendido de una lámpara. El dijo, “Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor.  (Lucas 11:36). 
 
Esta contigüidad de la presen­cia del Todopoderoso, produce una defensa indestruc­tible contra el maligno, una fortaleza en cuyo interior nos ocultamos del mal. Por medio de Jesus, seguimos la excelencia de sus senderos en nuestra relación, tanto con el Padre como con los demás. Así andaremos en completa inmunidad contra los incontables ata­ques satánicos. Naturalmente, a medida que aumenta su plenitud en nosotros, entonces se cumple lo que está escrito: "...pues como el es, así somos nosotros en este mundo" (1 Juan 4:17). "...pues Aquel que  fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca" (1 Juan 5:18).
 
Debemos darnos cuenta que no es Satanás el que nos derrota; en cambio, es nuestra apertura a el. Para someter completamente al diablo, debemos caminar y habitar al abrigo del Altísimo (Salmo 91:1). A Sata­nas se le tolera con un prop6sito: la guerra entre el demonio y los santos de Dios nos impele a buscar la semejanza de Cristo, donde la naturaleza de Cristo se vuelve nuestro único sitio de descanso y seguridad. Dios permite la batalla espiritual para facilitar su plan eterno, que es hacer al hombre a su imagen y semejanza (Génesis 1:26). 
 
¿Está siendo atacado por demonios de temor o duda?  Some­tamos esas áreas a Dios, arrepintiéndonos de nuestra desconfianza y arrojándonos en la fe del Cristo que está dentro de nosotros. ¿Hemos sido perturbados con espíritus de lujuria y de vergüenza? Presentemos esas mismas áreas de pecado a Dios, arrepintámonos de nuestra naturaleza antigua, descansemos en el perAdon de Cristo y en la pureza de Su corazón. Es una gran verdad que una vez que el demonio reconoce que sus ataques contra nuestra vida no nos apartan de Dios, sino que nos acercan a El, una vez que percibe que sus tentaciones en realidad nos llevan a apropiarnos de la virtud de Cristo, el enemigo tendrá que retirarse.
 
 
Recuerde: su  victoria comienza con el nombre de Jesus en nuestros labios, pero no será consumada hasta que la naturaleza de Jesus este en su corazón.
 
Adaptado del libro del pastor Frangipane, Los tres campos de la lucha espiritual. Disponible en Arrowbookstore.



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