Para que los sueños se hagan realidad


(English)
Hace unos años atrás el Señor me habló a través de un sueño. Vi un templo en un campo abierto. Yo lo veía de costado desde una distancia aproximada de doscientas yardas. No podía ver su frente, aun así debía estar completamente abierto ya que una gran luz se proyectaba hacia afuera desde su interior. Palpitaba como un relámpago, y aun era solida como la luz del sol. Yo sabía que esta luz era la gloria de Dios.

 

El templo estaba tan cerca, que yo supe que con un pequeño esfuerzo podía entrar a la gloria de Dios. Su santa presencia estaba claramente a mi alcance. Había asimismo otros enfrente de mí que reconocí como personas de la iglesia. Todos parecían muy ocupados. Y mientras el templo y su luz eran visibles y completamente accesibles a todos, cada cabeza estaba inclinada hacia abajo y dados vuelta lejos de la luz; cada uno ocupado con otras cosas.

 

Escuche a una persona decir, “Debo lavar la ropa”. Otra dijo, “Debo ir a trabajar.” Pude ver gente leyendo diarios, mirando televisión, y comiendo. Estaba seguro que todos podían ver la luz si quisieran – aun más seguro que todos sabíamos que Su gloria estaba próxima. Había incluso algunas pocas personas leyendo la Biblia y orando, pero todos mantuvieron la mirada fija hacia abajo; cada uno tenía una barrera mental de algún tipo entre ellos mismos y el lugar de la presencia de Dios. De hecho, ninguno parecía capaz de ponerse de pie, darse vuelta, y caminar firmemente hacia la muy cercana gloria de Dios.

 

No obstante, de pronto vi a mi esposa levantar su cabeza y contemplar el templo en el campo. Se puso de pie y camino sin detenerse hacia el frente abierto. Al acercarse a la luz, un manto de gloria se formo y se hizo más denso a su alrededor; cuanto más se acercaba, más densa se hacia la luz que la rodeaba. Finalmente, se paro en frente del templo volviéndose completamente hacia la resplandeciente gloria de Dios. Entonces entro al templo.

 

Oh! ¡Cuán celoso me sentí! ¡Mi esposa había entrado a la gloria de Dios antes que yo!

De pronto, me di cuenta que no había nada que me detuviera de acercarme a la presencia de Dios – nada excepto la pila de cosas para hacer y las responsabilidades que, en verdad, gobernaban mi vida más que la voz de Dios. Quitándome con fuerza el peso de estas presiones, me determine a levantarme y entrar al templo yo mismo. Pero, para mi gran pesar, en mi sueño al levantarme, ¡me desperté!

 

El anhelo y la desilusión dentro de mí parecieron insoportables. Había estado tan cerca de entrar a la presencia de Dios. ¡Como quise entrar al templo y ser tragado por Su Gloria! Llore, “¿Señor, porque me permitiste despertar?”

 

Instantáneamente, la palabra del Señor respondió a mi clamor. El Dijo, “No hare que la vida de mi Siervo sea realizada por un sueño. Si querés que tu sueño se haga realidad, tenés que despertarte.”

 

Hoy en día, Dios esta despertándonos a la realidad de Su presencia. En efecto, si realmente queremos que Cristo brille sobre nosotros, debemos prevenirnos de las distracciones que nos sepultan. Las promesas del Señor deben convertirse para nosotros en mas que sueños reservados solamente para aquellos en el más allá. Por esta razón, la Escritura dice, “¡Despiértate, tú que duermes! Levántate de entre los muertos, y Cristo te alumbrará" (Efesios 5:14). En este mismo momento la presencia del Dios vivo está lo suficientemente cerca para alcanzarla; podemos ingresar al deslumbre de Su presencia. Pero si queremos que nuestro sueño de caminar en la plenitud de Dios se haga realidad, amados, debemos despertarnos.

 

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Este artículo fue adaptado de Los Días de Su Presencia -versión en inglés-.

 

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