El poder de conversión de la santidad verdadera

(English)
Una de las frases más comunes en el Nuevo Testamento, es la que hablando de Jesús dice: “...y grandes multitudes le seguían.” El evangelio de Mateo solamente menciona alrededor de veintidós diferentes ocasiones cuando numerosas personas viajaron grandes distancias para estar con Cristo. Quienes lo siguieron vieron en él humildad, poder ilimitado y amor perfecto. Si hemos de ganar almas, la gente tiene que ver en nosotros a este mismo Jesús.

Cuando La Gente Vio a Jesús
 “Y Jesús, llamando a sus discípulos dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen que comer...” (Mateo 15: 32).

Hubo dos ocasiones cuando Jesús alimentó a las multitudes. La primera vez ocurrió en una región desolada del desierto de  Judea, y el acontecimiento ocurrió durante un día. En la segunda ocasión la gente había estado con él durante tres días sin alimentos en la falda de una montaña cerca al mar de Galilea.

 El impacto que Cristo produjo en la sociedad local de los judíos no tuvo precedentes. Toda su economía se detuvo. Nadie cosechó ni vendió legumbres en las plazas de mercado, no se ordeñaron las cabras, las huertas no se atendieron,  y los parientes que cuidaron de los niños pequeños no supieron cuando regresarían sus padres. Durante tres días nada marchó normalmente.


Las comunidades de estas aldeas lo dejaron todo cuando escucharon que Jesús estaba cerca. Sin pensarlo dos veces, sin cargar un asno, sin llevar alimentos para el camino, y sin decirle a los que quedaban en el hogar cuándo estarían de regreso, cuatro mil hombres, más otro número de mujeres y de niños siguieron a Cristo espontáneamente a un “lugar desierto.” Tal vez diez mil personas o más salieron de sus poblados, pero no leemos que alguno se quejara porque “el servicio fue demasiado largo” o por el “exceso de calor” o porque “el mensaje fue aburridor.” Cualquier carencia de comodidad o confort fue opacada por la gloria de estar con el Hijo de Dios.

¡Qué maravilloso debe haber sido estar con Jesús! La primera vez que Cristo alimentó a las multitudes, estaban tan impresionadas que “iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey” (Juan 6: 15).

Ese era Jesús. Pero existe un problema entre muchos de nosotros. Personas que realmente no conocen a Jesús, pretenden representarlo ante otros. Y en vez de dar testimonio de sus obras maravillosas, testifican solo de su religión. Los inconversos no ven a Jesús en ellos. Escuchan hablar de la iglesia, les dicen que el pecado es malo, que la lujuria es pecaminosa y la embriaguez una terrible vergüenza, pero no ven el amor de Jesús. Sí, claro, esas cosas son malas, pero la gente tiene que conocer primero el amor de Jesús, antes de abandonar su amor por el pecado.

Jesús le dijo abiertamente a un cierto número de personas que guardaran silencio acerca de él. A algunos les dijo: “Mira, no lo digas a nadie” (Mateo 8: 4; 9: 30; 12: 16). A otros les prohibió por completo hablar, aun cuando lo que hablaban era verdad (Marcos 3: 11-12). Y hay otros de quienes advierte que hacen grandes milagros, sin embargo él no los ha enviado, ni les ha hablado, y ni siquiera los conoce (Mateo 7: 22-23). En efecto, hay unos de quienes él habló, cuyo celo por hacer conversos los hace “recorrer mar y tierra” pero a sus prosélitos “hacen dos veces más hijos del infierno que ellos mismos” (Mateo 23: 15). No es nuestro propósito desalentar alguna forma de testificar, sino hacernos notar que nuestra actitud y nuestras acciones, son el testimonio que será “conocido y leído por todos los hombres” (II Corintios 3: 2). Un “testigo” no lo es de lo que se ha “dicho”. Es testigo, en primer lugar, de lo que ha “visto.” Si hemos de conducir a los hombres a Cristo en el cielo, deben poder ver a Cristo en nosotros. Pero si hay en nuestra vida pecado flagrante o alguna forma de auto- justicia, nuestro testimonio no es eficaz.

Que Su Luz Brille
La luz en las Escrituras simboliza la radiante pureza del Dios Santo. Cuando nuestro corazón y sus acciones son puras, la luz de la presencia de Dios brilla a través de nosotros en este mundo. Teniendo en mente esta verdad es que Jesús nos dice que nuestra luz debe alumbrar  “delante de los hombres para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5: 16).

 Si las buenas obras glorifican al padre, entonces las malas lo deshonran. El apóstol Pablo nos dice que “el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles” por causa de los pecados de quienes no lo representan bien (Romanos 2: 24).

El rey David fue un gran testigo del Dios viviente para su generación, pero cuando pecó, su testimonio se convirtió en algo censurable. En el salmo cincuenta y uno su oración re- vela la actitud correcta que debe asumir un verdadero testigo de Dios. “Crea en mi, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti” (Salmo 51: 10-13 énfasis agregado)

Como puede ver, nuestro testimonio pierde credibilidad cuando el pecado domina en nuestras vidas. El mundo ha oído a demasiados cristianos dando testimonio de una vida que no están viviendo. Ellos son culpables de que multitud de personas piense que el cristianismo no es eficaz.

Cómo Saber Cuándo Testificar
“Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (I Pedro 3: 15).

 A muchos cristianos se les dice que deben testificar de Jesús. Otra vez digo que no me gusta desalentar a alguien en su testimonio; mi propósito es más bien animarlos no solo a testificar, sino a vivir también para él. Que la gente vea a Jesús en usted, antes de que les testifique. Hay cristianos que pecan públicamente en el lugar de trabajo; se enojan o realizan mal sus tareas, llegan tarde al trabajo, o se quejan constantemente de la administración o de las malas condiciones del empleo. Y no obstante, se sienten inclina- dos a dar su testimonio. “Profesan conocer a Dios pero con sus hechos lo niegan” (Tito 1: 16). Una “voz” en sus mentes los constriñe a “testificar de Jesús.” A veces esa voz es el Espíritu Santo, pero es más probable que no lo sea. Impertérritos aseguran que es la voz del cielo, porque se sienten “culpables” si no testifican, y se sienten “bien” cuando lo hacen.

Hay una manera segura de saber si esa “voz” que lo urge a testificar es de Dios. Si la que escucha es la voz audible de alguien que ha visto sus buenas obras y le pregunta por el camino de vida, esa voz ha sido inspirada por Dios. Cuando la gente ve a Cristo en usted –en su paciencia cuando lo han ofendido, en su paz durante la adversidad, en su perdón en medio de la crueldad– esas personas le pedirán razón de la esperanza que hay en usted.

La Semilla de La Reproducción está en Su Fruto
Si su conversión es genuina, descubrió en Jesús un amor que es, en sí mismo, un testimonio de su vida. Recordemos siempre que Jesús quiere alcanzar a las personas y no que se extravíen. ¿Cómo espera Dios que lo hagamos? Primero, asegurémonos de que nuestra conversión es real, que de veras le hemos dado nuestra vida a Jesucristo. Luego tome la determinación de producir en su vida el fruto espiritual del amor y la humildad.

En el Huerto del Edén el Señor ubicó árboles con semilla en el fruto. Recuerde siempre este hecho: el poder de reproducir la vida está en el fruto. Y para que el fruto sea comestible debe estar maduro y ser dulce. El fruto que nosotros debemos ofrecer proviene del árbol de la vida, el cual es “para la sanidad de las naciones” (Apocalipsis 22: 2). No viene del árbol del conocimiento del bien y del mal: de normas legalistas, que juzgan lo malo de la gente.

Si usted quiere ver la experiencia de la realidad de Dios reproducida en sus seres amados o en sus amigos, haga que su vida produzca los frutos del Espíritu. La capacidad o el poder de reproducción está en la semilla, y la semilla está en el fruto.

 Y si usted peca o tropieza ante ellos, lo cual nos ocurre a veces, arrepiéntase y pida el perdón tanto de Dios como de las personas a quienes ofendió con su pecado. Mostrar arrepentimiento sincero ante una persona inconversa, es una demostración segura de que Dios es real y que tiene el control de su vida.

Padres: ¿quieren criar a sus hijos para Cristo? ¿Qué sus palabras les impartan vida eterna?  Anden en el Espíritu y hagan que su vida produzca sus frutos. A medida que sus hijos sean nutridos por el fruto que hay en su vida, las semillas que hay en los frutos fructificarán y reproducirán en su familia las mismas cualidades. ¿Desea la conversión de su esposo o esposa? ¿De sus padres? ¿O de sus amigos? Produzca los frutos del Espíritu: amor gozo, paz, paciencia, y bondad. Las personas que lo conocen y lo tratan encontrarán su vida muy atractiva, porque verán a través de ella la vida santa de Jesús.

Adaptado del libro La verdad, la santidad y la presencia de Dios por Francis Frangipane.

Edición en la adaptación: Gabriela Rabellino




No hay comentarios.:

Publicar un comentario