La fortaleza del piadoso: la humildad


(English)
Satanás teme a la virtud. Le aterroriza la humildad y la aborrece. Ve a una persona humilde y siente escalofríos por la espalda. Se le paran los pelos cuando los cristianos se arrodillan, porque la humildad es rendir el alma a Dios. Satanás tiembla ante el manso, pues en las mismas áreas donde una vez tuvo acceso ahora se levanta el Señor y él se aterra de Jesucristo.

¿Realmente contra quién luchamos?
Se recordará que, en la caída del hombre en el huerto del Edén, el juicio de Dios contra el demonio fue que él “comería polvo.” Recordemos también que del hombre Dios dijo: “Eres polvo” (Génesis 3:14-19). La esencia de nuestra naturaleza carnal – de todo lo que sea carnal en la naturaleza – es polvo. Es necesario ver la conexión aquí: Satanás come nuestra naturaleza carnal, terrenal, hecha de “polvo.” Satanás cena sobre aquello que rehusamos a Dios.

Por tanto, necesitamos reconocer que la fuente inmediata de muchos de nuestros problemas y opresiones no es demoníaca, sino carnal en su naturaleza. Debemos enfrentar el hecho que un aspecto de nuestra vida, nuestra naturaleza carnal, siempre será blanco del diablo. Estas áreas carnales suministran a Satanás una avenida de acceso lista para minar nuestras oraciones y neutralizar nuestro caminar con Dios. 


Sólo nuestro exagerado sentido de auto justificación evita que nos miremos con honradez nosotros mismos. Sabemos que el Señor Jesús está en nosotros, pero también debemos saber lo que hay en nuestro interior, si queremos tener éxito en nuestra guerra contra el maligno. En consecuencia, seamos específicos cuando sometemos nuestro yo a Dios. No racionalicemos nuestros pecados ni nuestras fallas. El sacrificio de Jesucristo es un abrigo perfecto de gracia, que capacita a todos los hombres para buscar con honestidad sus necesidades. Por tanto, seamos honrados con Dios. El no se horrorizará ni se disgustará con nuestros pecados.Si Dios nos amó sin restricciones inclusive cuando nuestro pecado se levantaba dentro de nosotros, ¿cuánto más no ha de seguir amándonos a medida que buscamos su gracia para ser libres de la maldad?

Antes de emprender una guerra agresiva, debemos darnos cuenta que muchas de nuestras batallas simplemente son consecuencias de nuestras propias acciones. Para luchar con efectividad, debemos separar lo que es de nuestra carne y lo que es del diablo.

Permítanme dar un ejemplo. Mi esposa y yo vivimos una vez en un sitio donde un hermoso cardenal había hecho su nido. Los cardenales poseen un sentido muy peculiar sobre la territorialidad y pelearán con mucho celo contra cualquier otro cardenal que entre en su territorio. Teníamos una camioneta con grandes espejos laterales y con grandes parachoques cromados. De manera ocasional, a veces el cardenal atacaba a los parachoques o a los espejos, pues pensaba que en su reflejo veía a otro pájaro. Un día cuando observaba al cardenal que aleteaba y atacaba al espejo, pensé para mí: “Qué criatura tan ignorante, su enemigo es únicamente el reflejo de sí mismo.” En ese momento, el Señor interrumpió mis pensamientos y habló a mi corazón: “Así también muchos de tus enemigos son sólo el reflejo de tu yo.”

Antes de tener cualquier estrategia para atacar a Satanás debemos estar seguros que nuestro enemigo no sea nuestra propia naturaleza carnal. Debemos preguntarnos honradamente: ¿Las cosas que nos oprimen hoy no serán la cosecha de lo que plantamos ayer?

Ponte de acuerdo con tu adversario
Se recordará que Jesús enseñó:

“Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante” (Mateo 5:25-26).

Jesús habla aquí de algo más que simplemente evitar los pleitos. De hecho, dice que como lo indica con respecto a este adversario especial y a este juez particular, siempre perderemos nuestros casos y terminaremos en prisión.

La parábola explica la justicia humana desde el punto de vista de Dios. En el relato el adversario es el demonio y el juez es el Señor Jesús. La palabra “adversario” traducida literalmente es “Satanás,” y como él es el acusador de los hermanos, se levanta delante de Dios, el Juez de todos (Apocalipsis 12:10). Cristo quiere que veamos la verdad que cuando nos acercamos a Dios con base en nuestra propia justicia, el adversario siempre tendrá un terreno legal para echarnos en la cárcel, porque nuestra justicia y la mejor de nuestras justicias, son como trapos inmundos (Isaías 64:6).

Cuando Jesús nos dice: ponernos pronto de acuerdo con el adversario, con el diablo, no nos quiere decir que “obedezcamos al diablo.” Jesús quiso decir que cuando Satanás nos acusa de algún pecado o algún defecto, y el diablo es inclusive minuciosamente recto, o certero, es nuestra ventaja y nuestro provecho, ponernos de acuerdo con nuestra falta de justicia. Si él nos acusa de no ser suficientemente puros, o de no amar suficientemente, o de no orar suficientemente, él tiene razón. La clave no es discutir con el diablo sobre nuestra propia justicia, pues ante Dios nuestra justicia es inaceptable. No importa cuánto nos defendamos o nos justifiquemos, sabemos íntimamente que a menudo las acusaciones del diablo tienen trozos de verdad.

Nuestra salvación no se basa sobre lo que hacemos, sino sobre quién viene a ser Jesús para nosotros. Cristo mismo es nuestra justicia. Hemos sido justificados por fe; nuestra paz con Dios viene por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1). Cuando Satanás se levanta contra nosotros, procura engañarnos al enfocar nuestra atención sobre nuestra propia justicia. Entre más reconozcamos que solamente Jesús es nuestra justicia, el adversario nos podrá atacar mucho menos en la arena de nuestras faltas.

Así, cuando el acusador venga y busque condenarnos por no haber amado suficientemente, nuestra respuesta debe ser: “Eso es cierto, no tengo mucho amor. Pero, el Hijo de Dios, murió por todos mis pecados, inclusive por el pecado de mi amor imperfecto.” Salgamos de la sombra del ataque satánico y levantémonos en el resplandor del amor de nuestro Padre. Sometámonos a Dios y pidámosle el amor y el perdón de Cristo para suplir nuestro débil e imperfecto amor.

Cuando Satanás busca condenarnos por nuestra impaciencia, de nuevo nuestra respuesta deberá ser: “Sí, en mi carne soy muy impaciente. Pero como nací de nuevo, Jesús es mi justicia y por medio de su sangre recibo limpieza y he sido perdonado.” De nuevo volvámonos a Dios. Usemos la acusación como recordatorio que no estamos ante el trono del juicio, sino ante el trono de la gracia, que nos permite acercarnos confiadamente a Dios e implorar el oportuno socorro de su misericordia (Hebreos 4:16).

Por tanto, la llave vital para vencer al diablo es la humildad. Humillarnos es negarnos a defender nuestra imagen;  estamos llenos de corrupción y de pecado en nuestra vieja naturaleza. Pero como tenemos una naturaleza nueva creada a la semejanza de Cristo (Efesios 4:24), podemos ponernos de acuerdo con nuestro adversario sobre la condición de nuestra carne.

Pero no limitemos este principio de humillarnos solamente cuando estemos comprometidos en la lucha espiritual. Este principio es aplicable también a otras situaciones, pues la fuerza de la humildad construye un muro espiritual alrededor de nuestra alma que nos impide las contiendas, las competencias, y muchas de las irritaciones de la vida que nos roban la paz.

Un sitio maravilloso para practicar esto son las relaciones familiares. Como esposos, las esposas nos pueden criticar por no ser más sensibles. Una respuesta carnal con facilidad puede convertir la conversación en un conflicto. La alternativa es simplemente humillarnos y estar de acuerdo con la esposa. Con toda probabilidad, claro que sí hemos sido insensibles. Luego, orar juntos y pedir a Dios un amor más tierno.

Como esposa, quizás el esposo acusa de no comprender las presiones que hay en el trabajo. Muy probablemente tiene razón, no es posible conocer todas las cosas que debe enfrentar. En lugar de responder con un contraataque humillémonos con humildad y pongámonos de acuerdo con él. Oremos juntos y pidámosle a Dios que nos dé un corazón que entienda. Si permanecemos humildes en nuestro corazón, recibiremos abundante gracia de Dios y Satanás quedará desarmado en muchos frentes.

Recordemos que Satanás teme a la virtud. Le aterroriza la humildad y la aborrece, porque la humillación es rendir el alma a Dios y él está aterrorizado de Jesucristo.

 Adaptado del libro de Francis Frangipane,  
Los tres campos de la lucha espiritual.
Disponible en www.arrowbookstore.com.

 Traducción y Edición Gabriela Rabellino



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