Cuando David capturó Jerusalén - Parte 2

Por Francis Frangipane
(English)

Desde sus años de juventud David supo que Dios lo había llamado a derrotar a los jebuseos. De hecho, las Escrituras nos dicen que cuando era todavía un jovencito, después de matar a Goliat, “tomo la cabeza del filisteo y la trajo a Jerusalén” (1 Samuel 17:54). En ese tiempo Jerusalén se llamaba Jebús y estaba ocupada por los jebuseos. Era como si David  estuviera diciendo: “Ok, solo soy un joven, pero he conquistado a este gigante filisteo. Recuérdenme, porque volveré”.

 En menos de veinte años David regreso, esta vez como rey de Israel. Tal como conquistó a Goliat, conquistó también la fortaleza de los jebuseos y fue llamada, “la ciudad de David”,  pronto conocida como Jerusalén.

Esta proeza de David no estuvo centrada en su realización personal, sino en el cumplimiento de la Palabra de Dios.  La Palabra de Dios no puede volver vacía, sin cumplir el propósito para el que fue enviada. Cuando el rey David oyó el escarnio de los jebuseos, interpreto  su estrategia a la luz de las promesas de Dios. Estaba en juego la integridad de la promesa del Señor a Abraham y su simiente: “Tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos” (Génesis 22:17). Mientras los jebuseos tenían la historia de su lado, ¡David tenia la Palabra inalterable de Dios del suyo!



Es la herencia de los descendientes espirituales de Abraham el traer la influencia prevaleciente de Dios a sus comunidades.  ¡Esta no es mi palabra o la suya, sino la promesa del Dios Todopoderoso! El lo dijo y El lo hará. Su pueblo poseerá las puertas de sus enemigos. ¡Es reprochable que el diablo quiera nuestras ciudades más de lo que nosotros las queremos! El deseo de David por Jerusalén era un deseo santo que vino a él de parte del Señor. De hecho,  lo que exteriormente  iba a ser la ciudad de David, pronto seria la ciudad de Dios.

Así como David sencillamente creyó la Palabra de Dios, así también debemos hacerlo nosotros. El Señor ha prometido  que “andarán las naciones a [nuestra] luz” (Isaías 60:3). ¡Tomemos a Dios por Su palabra! “Todo es posible para aquel que cree” (Marcos 9:23). ¿Usted cree? ¿O es simplemente un incrédulo agradable que va a la iglesia?

Amado, si fracasamos, no es una vergüenza. Simplemente engrosamos las filas de los héroes espirituales que fueron delante de nosotros, quienes  “murieron. . . sin haber recibido lo prometido” (Hebreos 11:13).  En verdad, es mejor morir en fe que vivir en duda.

Pero considere: ¿Que si lo logramos? ¿Que si en estos últimos días encontramos al Espíritu de Dios ayudándonos a ver nuestras ciudades sanadas y nuestras naciones vueltas a Él?

Señor, Tu prometiste que las naciones vendrían a nuestra luz. ¡Perdóname por dudar y por dejarme condicionar por los errores o logros del pasado! Veo al enemigo burlarse de nuestra fe, pero creo  que Has preparado nuestra nación para grandes cosas. Seguiremos Tu promesa de desalojar a nuestros enemigos, ¡tal como David conquistó Jebus y la llamó la ciudad de Dios! En el nombre de Jesús, amén.

Adaptado del libro de Francis, "Alístese junto al Señor de los Ejércitos” publicado en español por editorial Peniel.

Traducción y edición en la adaptación: Gabriela Rabellino


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