La humildad precede a la santidad


Por Francis Frangipane
(English)

“A medida que crezco y soy más grande en Dios, más pequeño me vuelvo.”                                                 - (Allen Bond)



Una persona santa es una persona humilde.
“... Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11: 29). El hombre más santo y poderoso que ha existido se describió a sí mismo como “manso y humilde de corazón.” ¿Cuál es la razón para comenzar un mensaje sobre la santidad con una cita relativa a la humildad? Sencillamente porque la santidad es el producto de la gracia, y Dios sólo da gracia a los humildes.

Es de vital importancia que comprendamos que Jesús no condena a los pecadores; sino a los hipócritas. Un hipócrita es una persona que excusa su propio pecado mientras condena los pecados de los demás, no es solamente de “doble faz”, porque es alguien que se niega a admitir que a veces lo es, pretendiendo tener por lo tanto una justicia que está lejos de vivir. Al no poder reconocer faltas en sí mismo, el hipócrita no discierne su hipocresía y rara vez se detiene a pensar en la corrupción que hay en su corazón. Como no busca misericordia para sí, tampoco la tiene para otros; además, al estar siempre bajo el juicio de Dios, juicio es lo que generalmente expresa. No podemos buscar la santidad y al mismo tiempo seguir siendo hipócritas. Por lo tanto, el primer paso que realmente debemos dar en el camino hacia la santificación, es admitir que no somos tan santos como nos gustaría aparecer. Este primer paso se llama humildad.

En nuestro deseo de conocer a Dios, debemos discernir esta verdad en relación con el Todopoderoso: Él resiste al orgulloso, pero le otorga su gracia al humilde. La humildad trae la gracia que requiere nuestra necesidad, y únicamente es ésta la que puede cambiar nuestros corazones. Por lo tanto, la humildad es la estructura básica para la transformación. Ella es la esencia de todas las virtudes.



 En alguna fase de nuestra vida todos tenemos que hacer frente a las impurezas de nuestro corazón. El propósito del Espíritu Santo al revelar nuestra pecaminosidad, no es condenarnos, sino hacernos humildes profundizar en el conocimiento de nuestra necesidad personal de la gracia. Y esta encrucijada es vital tanto para los santos, como para los hipócritas. Aquellos que ven su necesidad y caen postrados ante Dios pidiendo liberación, llegan a ser santos; mientras que aquellos que encuentran excusa para mantener intacto su pecado a pesar de verlo, son quienes se convierten en hipócritas. Aunque todos los seres humanos tienen que enfrentar esta disyuntiva, pocos son los que escuchan y obedecen la voz de la verdad, y ciertamente, son sólo algunas los que caminan en humildad hacia la verdadera santidad.

Por lo tanto, la santificación no empieza con la observancia o el cumplimiento de reglas, sino con el abandono del orgullo. La pureza comienza con nuestro decidido rechazo a ocultar la condición de nuestro corazón. La humildad nace de una actitud por descubrir todo lo que hay en nuestro interior, y la mansedumbre es el terreno en donde crece la verdadera santidad. Si no recibimos claridad en cuanto a la depravación de nuestra vieja naturaleza, nos convertimos en “cristianos fariseos”, hipócritas llenos de menosprecio y de justicia propia. ¿No nos advirtió nuestro maestro sobre aquellos que “confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros?” (Lucas 18: 9). Cada vez que juzgamos a otro cristiano, lo hacemos con una actitud de auto-justicia. Cuando criticamos a otra iglesia, el menosprecio es lo que motiva nuestras palabras. Es la ironía de nuestro cristianismo el que muchas iglesias se miran la una a la otra con una actitud idéntica de superioridad. La iglesia moderna se ha llenado de creyentes que, considerándose santos, han llegado a ser exactamente lo opuesto a la santidad al carecer de humildad.

No obstante, la humildad que buscamos se extrae de un pozo cuya profundidad va más allá del nivel de consciencia con respecto a nuestras necesidades. Aún en momentos de plenitud espiritual debemos ser conscientes de nuestra debilidad y alegrarnos en ella, sabiendo que todas nuestras fuerzas son producto de la gracia de Dios.

La humildad que esperamos encontrar va más allá del hecho de interrumpir momentáneamente y por intervalos el dominio del orgullo en nuestras vidas, con ciertos momentos de auto-humillación. La mansedumbre y la humildad deben convertirse en una forma de vida. Como Jesús, debemos deleitarnos en ser “...mansos y humildes de corazón.” Igualmente como Jesús, sus discípulos no tienen otra elección sino ser humildes.

Cualquiera puede juzgar, pero ¿Puede usted salvar?
Los hipócritas se deleitan en juzgar; eso los hace sentir superiores. Pero usted no debe obrar así. Debe procurar fervientemente ser humilde de corazón. Muchos cristianos con celo, pero orgullosos fracasan en el propósito de alcanzar la santidad, porque presumen que fueron llamados a juzgar a los demás.

Jesús dijo que él no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo. Todos los seres humanos pueden juzgar a su prójimo, pero ¿pueden salvar? ¿Pueden ofrecer sus vidas en amor, intercesión y fe por quien es juzgado? ¿Pueden determinar que tienen necesidad en algún área y en lugar de criticar, pueden ayunar, orar y pedirle a Dios que supla la gracia que es necesaria?  Y después, ¿pueden perseverar en oración motivados por el amor hasta que en esa área necesitada florezca la piedad? Esa es la vida que Cristo nos manda vivir. Juzgar según la carne sólo requiere ojos y mente carnal. De otro lado, es necesaria la amorosa fidelidad de Cristo, para redimir y salvar. Un acto de su amor revelado a través de nosotros, hace más por los corazones tibios y fríos que la suma de todas nuestras pomposas críticas. Por lo tanto, crezca en amor, sea muy misericordioso y tendrá una percepción clara de la esencia de la santidad porque esta es la naturaleza de Dios, quien es amor.

 Quizá alguien argumentará: “Pero Jesús condenó el pecado.” Sí, es cierto; y nosotros lo condenamos también, pero el primer pecado que tenemos que condenar es el de juzgar a otros, porque tal actitud oscurece la visión para descubrir el pecado en nosotros. Estas son las palabras de Jesús al respecto: “¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mateo 7: 5). Por favor entienda esto: Jamás llegaremos a ser santos criticando a los demás, y a nadie traemos a Dios criticando.

Si con sinceridad buscamos nuestra santificación, pronto descubriremos que no tenemos tiempo para juzgar a otros. Al reconocer nuestra necesidad de misericordia, buscaremos sin descanso, oportunidades para ser misericordiosos con los demás.

 Sí, es cierto que las Escrituras nos dicen que Jesús juzgó a los hombres en ciertas situaciones, pero su motivación fue siempre salvar. Su amor estuvo perfectamente comprometido con la persona a quien juzgó. Cuando nuestro amor hacia otro sea tan grande que podamos decir con sinceridad: “No te desampararé ni te dejaré”, nuestra capacidad de discernimiento se perfeccionará; porque es el amor, y solamente el amor el que nos da sabiduría al juzgar (1 Juan 4: 16-17).

¿Todavía insiste usted en criticar y encontrar faltas en los demás? Tenga cuidado; la norma de Cristo para poder juzgar es alta: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la primera piedra...” (Juan 8: 7). ¡Hágalo!, hable contra la injusticia, pero hágalo motivado por el amor de Jesús. Recuerde que escrito está: “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5: 8). En el reino de Dios, a menos que usted esté comprometido primero a morir por la gente, no se le permite juzgarla. Es importante notar también que los oídos que escuchan el chisme y la crítica, son tan culpables como la boca que los habla. No contribuya a tales pecados, más bien interrumpa a quien comience a hablar negativamente, e implórele que interceda, como lo hizo Jesús, por esa persona o esa situación. Sus oídos son santos, no permita que estén de acuerdo con el acusador de los hermanos (Apocalipsis 12: 10).

Recuerde que Cristo no condenó a los pecadores, él condenó a los hipócritas. Él se contó a sí mismo con los pecadores, llevando nuestros pecados y dolores (Isaías 53). Esta es la humildad que estamos buscando. Ciertamente es a través de los mansos y humildes de corazón, que la santidad brilla con intenso esplendor.

Tomado del libro de Francis Frangipane, “ La verdad, la santidad y la presencia de Dios”.

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