La luz radiante de la santidad



Por Francis Frangipane
Desde el momento en que Cristo entra en nosotros, somos santos, separados para Dios. Este tipo de santidad es la misma santificación que hizo que los utensilios utilizados en el servicio del templo fueran santos: santos porque fueron usados en el servicio del Señor. No tenían virtud alguna en sí mismos; el material del cual estaban hechos no sufrió ningún cambio. En ese sentido es que el cristiano, en general, es santo. Pero la santidad que buscamos es la realización de nuestra separación. Pretendemos una santidad que refleje en nuestras vidas la presencia de Dios en los cielos. Queremos tener ambas cosas: Su naturaleza y su calidad de vida.

Siendo que la verdadera santidad produce en nosotros la vida real del Espíritu Santo, debemos estar seguros de saber lo que es el espíritu. El espíritu de Dios es amor, no religión. Dios es vida, no ritualismo. El Espíritu Santo hace en nosotros mucho más que sencillamente “hablar en lenguas” o testificar.
El Espíritu nos guía a la presencia de Jesús. Mediante nuestra unión y comunión con Jesucristo recibimos nuestra santidad.


Repito que la santidad que procuramos tener no es un conjunto de normas legales o legislativas, sino la calidad de vida del mismo Cristo. El Espíritu Santo obra en nosotros no solamente un nuevo deseo de amar, sino que nos imparte el mismo amor de Jesús. Desarrollamos mucho más que una fe común en Jesús. En realidad comenzamos a creer
como él, con su misma calidad de fe. Es Dios en nosotros quien nos hace santos. Dejemos que él nos sacuda, que nos baje de nuestras cómodas perchas, hasta que con gran temblor y gozo, con profunda adoración y temor santo nos aproximemos a la realidad divina, a Dios mismo, quien nos ha llamado a ser suyos por su propia voluntad y propósito.

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3: 16). El Espíritu de Dios habita en nosotros. A la luz de esta verdad, hagámonos otra vez la antigua pregunta: “¿Qué es el hombre?” Sabemos cómo lucimos ante las demás personas, pero si en verdad Dios mora en nosotros, ¿cómo nos ven los ángeles o los demonios? ¿Qué luz nos señala en el mundo espiritual, qué iluminación nos rodea, qué gloria declara al mundo invisible: “Tenga cuidado, este es un hijo de Dios?” Piense en ello: El Espíritu del creador, quien desde el principio tuvo el propósito de hacer al hombre a su imagen, está en usted…ahora.

La santidad es un cuerpo lleno de luz
Hay límites. Hay condiciones. Usted no puede servir a dos señores. No puede servir a la luz y a las tinieblas, al pecado y a la justicia, al yo y a Dios. La luz está en usted, pero lo rodean las tinieblas. Nuestro mundo es un mundo en oscuridad. Nuestras mentes carnales siguen siendo un teatro de las tinieblas. En un mundo de opciones debemos optar por la luz. Por eso es que Jesús enseñó que debemos tener determinación y ser de un solo propósito si deseamos llegar a ser hijos de luz plenamente maduros. Él dijo: “La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas” (Lucas 11: 34).

Si su voluntad y su corazón están enfocados en Dios, su cuerpo está lleno de luz, y está expresando con plenitud la gloria de Dios en usted. Pero si es de doble ánimo, si está viviendo en pecado o consintiendo pensamientos pecaminosos, su luz se disminuye proporcionalmente hasta que su cuerpo se llena de tinieblas. Jesús continuó advirtiendo:
“Mira, pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea tinieblas” (Lucas 11: 35).

Si usted no hace nada por su salvación, si no busca a Dios, o decide desobedecerlo, está en oscuridad. No se consuele con una esperanza carente de propósito de que algún día, y de alguna manera, será mejor. ¡Ármese de determinación! Porque si la luz que hay en usted son tinieblas, qué terrible serán las mismas tinieblas. Mí querido hijo o hija de luz: ¡usted debe
odiar las tinieblas! Porque ellas son las sustancia del infierno; son el mundo sin Dios.

Pero nuestra esperanza es luz, no oscuridad. Sus pies están andando la senda de los justos, que
“como la luz de la aurora va en aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios 4: 18). “Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor” (Lucas 11: 36). Este versículo nos muestra un cuadro muy claro de la apariencia de la santidad en su madurez: nuestros cuerpos son radiantes de gloria, así como cuando una lámpara alumbra en su plenitud. ¡Qué tremenda esperanza que podamos ser íntegramente iluminados con la presencia de Dios, que no haya “parte alguna de tinieblas” en nosotros! Un manto de luz y de gloria espera a los que son espiritualmente maduros, a los Santos de Dios, un manto similar al que Jesús lució en el Monte de la Transfiguración. Un esplendor no para la eternidad sino para lucirlo aquí “...en medio de una generación maligna... en medio de la cual resplandecemos como luminares en el mundo” (Filipenses 2:15).

“Porque en otro tiempo eráis tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz” (Efesios 5: 8) Ahora usted es un hijo o hija de luz. Estas no son solo figuras de retórica, o frases literarias. ¡La gloria de Dios está en usted, y lo rodea y circunda! Esa es una realidad espiritual. ¿Pero qué de las tinieblas que todavía hay en usted? Pablo continúa diciendo:

“Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino mas bien, reprendedlas; porque vergonzoso es aún hablar de lo que ellos hacen en secreto. Mas todas las cosas cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo” (Efesios 5: 11-13).

No oculte sus tinieblas, expóngalas a la luz. No las excuse con simpatía; confiéselas. Ódielas. Renuncie a ellas. Porque en la medida que las tinieblas continúen ocultas, continuarán dominándolo. Pero cuando la oscuridad la exponemos a la luz, se transforma en luz. Cuando usted toma sus pecados secretos y con confianza los lleva al trono de la gracia de Dios en confesión, él lo limpia de toda iniquidad (1 Juan 1: 9). Si peca otra vez, arrepiéntase
otra vez. Hágalo hasta que el hábito del pecado se rompa en su vida.

Como los buscadores de oro de tiempos pasados: reclame el derecho de propiedad de su mina en el reino de Dios, y esté listo a defender ese derecho sobre el “oro puro” del cielo (Apocalipsis 3: 18). Y cuando acampe frente al trono de la gracia, algo eterno comenzará a brillar en usted como carbones encendidos en un horno. Y al persistir con el todopoderoso, el fuego sacro de su presencia consumirá la madera, el heno y la hojarasca de sus antiguos caminos. Poder como el que Jesús tenía habitará en su ser interior. Los ángeles se asombrarán porque su oro será refinado, sus vestidos serán luz, y su vida será santa.

Adaptado del libro del Pastor Francis La santidad, la verdad y la presencia de Dios publicado en español por Editorial Asociación Buena Semilla – Disponible a la venta en www.arrowbookstore.com

Traducción en la adaptación: Gabriela Rabellino




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