Enojo, enojo, enojo

Por Francis Frangipane
(English)

Es difícil recordar un tiempo en el cual las personas estuvieran más enojadas. Una persona civilizada debe ser, antes que nada, civilizada. Más aun, hoy en día no hay conversación, ni respeto por la opinión de otro, ni un razonar en conjunto por el bien común. Estoy preocupado, especialmente por la iglesia.

Alguien puede argumentar, “Nuestra sociedad está decayendo. Debemos estar enojados.” Sí, pero podemos estar enojados y aun así no pecar (ver Efe 4:26). Por supuesto, yo siento rabia de que los fundamentos de nuestra cultura están siendo desmantelados por hombres sin principios. Nuestras almas deben estar molestas por la oscura nube de infección demoniaca en nuestra cultura, especialmente cuando se hace tropezar a los niños o cuando los débiles son explotados. Si no tomamos posición, el avance de la maldad en última instancia significara que más personas morirán sin Cristo. Si estamos enojados, no necesariamente significa que hemos pecado. Puede simplemente significar que nos preocupamos. 


No me sorprende al enojo creciente. Mi preocupación es que, a menos que este enojo se regenere en algo más redentor, más semejante a Cristo, no veremos a nuestro mundo renovado.  De hecho, el enojo que no despierta en nosotros acciones redentoras en última instancia se degradara en amargura e incredulidad.

Un doble ataque 
Mientras el infierno avanza dentro de nuestro mundo en muchos niveles, quiero discutir dos áreas primarias. La primera manifestación es descarada, extensa y alarmante. Por ejemplo, se aprueba una ley corrupta o irrumpe la violencia criminal; o puede que una persona pública querida sea envuelta en un escándalo.  Aparece en las noticias y las personas hablan al respecto. Las sorprendentes  olas causadas por esta intrusión demoniaca rompe contra nuestros corazones: nos sentimos decepcionados, ofendidos, asombrados y, con frecuencia indignados. En este estado de nuestras mentes, el infierno lanza el segundo ataque. No hay ningún noticiero presentando esta guerra. En este frente, el diablo no viene haciendo abierta ostentación, sino calladamente. En susurros agita la vasija de nuestro descontento hasta que hierve. Y finalmente, donde el corazón del cristiano estuvo una vez lleno de fe y amor, ahora la amargura, el odio y la malicia se baten en el alma del pueblo de Dios. 

Por tanto mientras debemos pelear la guerra cultural de nuestros tiempos, debemos preservar nuestra capacidad de amar si es que vamos realmente a ganar  nuestra guerra. Debemos recordar que no estamos peleando contra “sangre ni carne, sino contra principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este siglo” (Efe 6:12).  

Con tristeza, he escuchado recientemente a muchas personas decir que han perdido su visión por América. Lo que en realidad perdieron no fue su visión, sino su amor. Porque el amor todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta  (1 Cor. 13:7). 

Vea usted, el Todopoderoso podría acabar con el mal en la Tierra en un instante. La razón por la que demora es porque necesita un mundo como el nuestro para llevar a los creyentes a la madurez de Cristo. En un momento el mal se podría desaparecer, como ocurrió  con Sodoma y Gomorra. Pero nunca debemos olvidar: Jesús no vino a destruir las vidas de los hombres, sino a salvarlos.


Traducción: Gabriela Rabellino

www.frangipanehispano.org

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