El don de las heridas



Por Francis Frangipane
(English)

El mundo y todo lo que contiene fue creado con un solo propósito: ser una vitrina para exponer la grandeza del Hijo de Dios. En Jesús, la naturaleza de Dios se revela en perfección y magnificencia. Él es la “imagen misma” de Dios (Hebreos 1:3). No obstante, mirarle a Cristo es también ver el modelo de Dios para el hombre. Al buscar ser como Él, descubrimos que nuestra necesidad fue creada para ser suplida por el Todo Suficiente Dios. También vemos que, cuando empieza a triunfar la naturaleza redentora de Cristo en nuestras vidas, la misericordia empieza a triunfar en el mundo que nos rodea.
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¿Cómo sabremos que el avivamiento ha llegado? Mira, este es el despertar que buscamos: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos conformados a Jesús. ¿Cuándo comenzará el avivamiento? Comienza en el momento en que decimos “sí” a ser como Él; se transmite a otros a medida que Cristo es revelado a través de nosotros.


Sin embargo, abrazar la actitud de Cristo hacia la misericordia no es más que el primer paso en nuestro crecimiento espiritual. El proceso de ser verdaderamente transformados a imagen de Cristo nos impulsa a grados más profundos de transformación. Ciertamente, al igual que Jesús quien aprendió la obediencia a través de sus sufrimientos (Hebreos 5:8), así también nosotros. Y es en este punto, en nuestra intercesión o en nuestro servicio hacia Dios, que Él nos concede el don de las heridas.

“¿Don?”, te preguntas. Sí, padecer en servicio de la misericordia y, en lugar de cerrar nuestros corazones, permitir que nuestro sufrimiento corone al amor, significa soltar el poder de Dios en redención. La perseverante oración del intercesor herido tiene gran mérito en el corazón de Dios.

No quiero decir que  hay una virtud en auto castigarnos o recurrir al "trato severo del cuerpo" (Col 2:23). Lo que estoy diciendo es que si vamos a caminar por el sendero de Cristo, habrá momentos en que experimentemos heridas e injusticias.
Vea usted,
Incluso después de entregar nuestra vida a Cristo, tenemos dentro de nosotros unos límites preestablecidos de cuán lejos iremos por el amor, cuánto estamos dispuestos a sufrir por la redención. Cuando Dios nos permite ser heridos, El expone esos límites humanos y revela lo que nos falta de Su naturaleza.

El camino se estrecha cuando buscamos la verdadera transformación. Ciertamente, muchos cristianos no llegan a la medida de la estatura de Cristo porque han recibido heridas y ofensas de otras personas. Dejan sus iglesias desanimados, jurando que nunca más van a servir, o dirigir o contribuir porque, cuando se ofrecieron, su don fue desfigurado por personas poco amorosas. Ser rechazados o golpeados cuando ofrecemos nuestro servicio puede llegar a ser una gran ofensa para nosotros, sobre todo cuando estamos esperando e incluso deseando, una recompensa por nuestros buenos esfuerzos.

Pero el sufrimiento es inevitable si vamos a seguir a Cristo. Jesús fue “desfigurado” (Isaías 52:14) y “herido” (Zacarías 13:6), y si nuestra búsqueda de Su naturaleza es sincera, nosotros también sufriremos. ¿De qué otra manera será perfeccionado el amor?

Seamos conscientes. O bien llegaremos a ser más como Cristo y perdonaremos, o entraremos en una burbuja espiritual donde continuamente permanecemos en la memoria de nuestra herida. Como una enfermedad crónica, las memorias dolorosas destruyen cada aspecto de nuestra existencia. En verdad, lejos de Dios, las heridas que ocasiona la vida, son incurables. Dios ha decretado que sólo Cristo en nosotros puede sobrevivir.

Adaptado del libro de Francis Frangipane The Power of One Christlike Life (no disponible en español).

Traducción: Gabriela Rabellino

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