La fortaleza del piadoso: la humildad


Por Francis Frangipane
(English)

Satanás teme a la virtud. Le aterroriza la humildad y la aborrece. Ve a una persona humilde y siente escalofríos por la espalda. Se le paran los pelos cuando los cristianos se arrodillan, porque la humildad es rendir el alma a Dios. El diablo  tiembla ante el manso, pues en las mismas áreas donde una vez tuvo acceso ahora se levanta el Señor y Satanás le tiene terror a  Jesucristo.


¿Realmente contra quién luchamos?
Antes de lanzarnos en la lucha espiritual debemos reconocer que la fuente inmediata de muchos de nuestros problemas y opresiones no es demoníaca, sino carnal en su naturaleza. Un aspecto de nuestra vida, nuestra naturaleza carnal, siempre será blanco del diablo. Estas áreas carnales suministran a Satanás una avenida de acceso lista para minar y luego  neutralizar nuestro caminar con Dios. 



Sólo nuestro exagerado sentido de auto justificación evita que  miremos con honradez a nuestras vulnerabilidades espirituales. Como cristianos, sabemos que el Espíritu Santo mora en nosotros,  pero también debemos ser conscientes de los lugares donde estamos tolerando el pecado, si queremos tener éxito en nuestra guerra contra las tinieblas.

Por lo tanto, seamos específicos cuando sometemos nuestro yo a Dios. No racionalicemos nuestros pecados ni defendamos nuestros fracasos. El sacrificio de Jesucristo es un abrigo perfecto de gracia, que capacita a todos los hombres para buscar con honestidad sus necesidades. Así, seamos honestos con Dios. El no se horrorizará ni se asombrara  con nuestros pecados. Dios nos amó sin restricciones inclusive cuando nuestro pecado se levantaba dentro de nosotros, ¿cuánto más no ha de seguir amándonos a medida que buscamos su gracia para ser libres de la maldad?

 De hecho,  debemos darnos cuenta que muchas de nuestras batallas simplemente son consecuencias de nuestras propias acciones. Para luchar con efectividad, debemos separar lo que es de nuestra carne y lo que es del diablo.

Permítanme dar un ejemplo. Mi esposa y yo vivimos una vez en un sitio donde un hermoso cardenal había hecho su nido. Los cardenales poseen un sentido muy peculiar sobre la territorialidad y pelearán con mucho celo contra cualquier otro cardenal que entre en su territorio. En esa época, teníamos una camioneta con grandes espejos laterales y con grandes parachoques cromados. De manera ocasional, a veces el cardenal atacaba a los parachoques o a los espejos, pues pensaba que en su reflejo veía a otro pájaro. Un día cuando observaba al cardenal que aleteaba y atacaba al espejo, pensé para mí: “Qué criatura tan tonta, su enemigo es únicamente el reflejo de sí mismo.” Inmediatamente  el Señor habló a mi corazón: “Así también muchos de tus enemigos son sólo el reflejo de tu yo.”

Antes de desarrollar  estrategias más complejas, preguntémonos si el verdadero enemigo no es nuestra propia naturaleza carnal.  Cada uno de  nosotros, preguntémosle al Señor: ¿Las cosas que hoy me oprimen son  la cosecha de lo que planté ayer? 

Adaptado de Los tres campos de la lucha espiritual. Disponible en arrowbookstore.com

Traducción en la adaptación: Gabriela Rabellino

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