El tabernáculo de reunión


Por Francis Frangipane
(English)

“Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Señor” (Salmo 27: 8)

Un tiempo para buscar a Dios
Hay ciertas ocasiones en las que el Señor nos llama a salir de la rutina diaria de nuestra vida. Estos son tiempos especiales cuando su único mandato es: “Busca mi rostro.” Él tiene algo precioso y vitalmente importante para darnos, que no puede encajar en el patrón familiar de nuestras devociones diarias. En esos tiempos especiales los creyentes son liberados de aquellos pecados que por muchos años han afligido sus vidas; otros descubren una mayor profundidad en su caminar con Dios que los lleva a una mayor eficacia en el ministerio y en la oración; mientras que otros experimentan avances y bendiciones en sus familias además de usados por el Señor para traer a sus seres queridos al reino de Dios.



No obstante, aquí no estamos buscando a Dios para recibir cosas o aún por bendición para otras personas. Buscamos a Dios por quien Él es. La madurez comienza cuando rompemos el ciclo de buscar al Señor solo durante los tiempos difíciles; la santidad se inicia en el momento en que empezamos a buscar a Dios por quien es El. Un toque de Dios es maravilloso, pero estamos tras algo más que una experiencia superficial. Nuestro objetivo es habitar en Cristo; estar conscientes  de su plenitud y de su presencia en Gloria habitando en nosotros contínuamente.

 ¿Cómo entramos a este lugar sagrado? Si estudiamos la vida de Moisés veremos la forma en que buscó a Dios y vivió en compañerismo con Él.

“Y Moisés tomó el tabernáculo y lo levantó lejos, fuera del campamento, y lo llamó el Tabernáculo de Reunión. Y cualquiera que buscaba al Señor, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento” (Exodo 33: 7)

Note que “cualquiera que buscaba al Señor, salía...” Si vamos a buscar realmente al Señor, tenemos que “salir” como lo hicieron Moisés y todos los que lo  buscaron. Tenemos que levantar el tabernáculo “...lejos, fuera del campo.” ¿Y qué campo o campamento es éste?  Para Moisés, así como para nosotros es el “campamento de la familiaridad.”  

¿Y es que en las cosas que no son familiares, existe intrínsecamente algo malo o pecaminoso? No; no en sí mismas, pero recordará que cuando Jesús invitó a sus discípulos a seguirlo, los llamó a salir del modelo familiar de sus vidas, para estar solas con él, por largos periodos (Mateo 19: 27; Lucas 14: 33). ¿Por qué lo hizo? Porque él, sabía que los seres humanos, son por naturaleza gobernados inconscientemente por lo familiar. Si él quiere ampliar nuestra visión y nuestro ser para recibir lo eterno,  primero debe rescatarnos de las limitaciones de lo temporal.

 Esto no quiere decir que debemos descuidar nuestras familias, o que seamos irresponsables al buscar a Dios. De ninguna manera. Dios le ha dado a cada persona tiempo suficiente para buscarlo. Y tenemos tiempo para todo. Habiendo hecho por nuestras familias lo que nos dicta hacer el amor, le decimos no a cualquier otra voz que no sea la de Dios. Tal como nos amonesta el apóstol Pablo, debemos “redimir el tiempo.” Eso equivale a cancelar los pasatiempos, abandonar la televisión, dejar de lado el periódico y las revistas. Toda persona que desea encontrar a Dios, encuentra tiempo para buscarlo.

Es triste que muchos cristianos no tienen una meta más alta ni una aspiración mayor que llegar a ser “normales”. Sus deseos están limitados a la medida de otros sin una verdadera visión de Dios, ciertamente pereceremos espiritualmente. Pablo reprendió a la iglesia en Corinto porque sus miembros “andaban como hombres.” (1 Corintios 3: 3). Dios tiene más para nosotros que sencillamente ser mejores personas; él quiere inundar nuestra vida con el mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos. Debemos entenderlo: Dios no nos quiere solamente “normales”, él quiere que seamos semejantes a Cristo.

El Espíritu Santo tiene que renovar nuestra definición de la realidad y las prioridades de nuestra vida para facilitar los propósitos de Dios en nuestras vidas. Nuestra máxima meta es llegar a ser semejantes a Cristo.

Sin embargo, para la mayoría de las personas nuestro sentido de la realidad y por ende nuestra seguridad, hunde a veces sus raíces en lo familiar. Si nuestra estabilidad está fundamentada en las cosas extremas, es difícil creer espiritualmente. Nuestra seguridad debe venir de Dios, no de las circunstancias, ni tampoco de las relaciones que tenemos. Nuestro sentido de la realidad necesita estar arraigado en Cristo. Cuando esto ocurre, experimentamos eterna seguridad en las otras áreas.

No obstante, nuestros temores también son profundos y muy numerosos. De hecho la mayoría de nosotros pasamos nuestra vida  atados umbilicalmente al mundo de lo familiar. Aún individuos que han sido liberados de situaciones adversas, reinciden a menudo en ellas. ¿Cuál es la razón? ¿por qué? Porque para ellos la adversidad es mas familiar.

Los seres humanos están envueltos en lo conocido y asi aislados y protegidos contra el cambio. Cuando trabajamos todo el día solo para regresar al hogar, mirar televisión y luego derrumbarnos en el lecho, nuestro estilo de vida se convierte en una cadena que nos esclaviza. Estas cosas no necesariamente nos atrapan en el pecado, pero nos alejan de Dios.

Moisés tenía que salir de lo que era familiar y levantar su tienda “fuera del campamento” y allí buscaba al Señor.

“Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir” (Hebreos 13: 12-14).

De la misma manera que Moisés, todos los que buscaron al Señor y Jesús mismo fueron fuera del campamento, nosotros debemos hacerlo así algunas veces también; salir del campo de lo que parece normal y predecible, y comenzar a buscar a Dios. Aquí no tenemos una ciudad permanente, pero buscamos la por venir.

Esa es una de las razones por las cuales Jesús dijo: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento y cerrada la puerta...” (Mateo 6: 6). Cristo desea que salgamos del mundo familiar que distrae nuestros sentidos y moremos en el mundo de nuestros corazones, teniendo en mente que la máxima meta de la oración es encontrar a Dios.

Cada minuto que usted dedica a buscar a Dios es un minuto enriquecido con vida y poder nuevos, provenientes de Dios. Concédase una mínima cantidad de tiempo, una o dos horas cada día, pero no ponga límite cuando el Señor lo llama a buscarlo en la noche.  Y continúe día a día, semana tras semana, hasta que se acerque lo suficiente al Señor de tal modo que pueda oír su voz y tener la confianza de que él también escucha su susurro.

Si hemos de llegar a ser santos, debemos cortar no solo las cadenas y cohibiciones, sino también con la esclavitud de desear solo una vida promedio, o común y corriente. Debemos elegir el salir del campo de la familiaridad y ubicar nuestra tienda en la presencia de Dios.

Adaptado del libro La santidad, la verdad y la presencia de Dios.
Disponible en www.arrowbookstore.com

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